Audiolibro SERVIDUMBRE HUMANA W.SOMERSET MAUGHAM sinopsis prólogo Y capítulos del 1 al 11

Audiolibro SERVIDUMBRE HUMANA W.SOMERSET MAUGHAM sinopsis prólogo Y capítulos del 1 al 11


Servidumbre humana (Of Human Bondage, 1915).
Fue calificada por los críticos de la época como «una de las novelas más importantes
del siglo XX». El libro parece ser bastante autobiográfico (la tartamudez de Maugham
se transforma en una deformación congénita de los pies de Philip Carey, el vicario de
Whitestable se convierte en el vicario de Blackstable, y Philip Carey es un médico);
no obstante el mismo Maugham insistió que se trataba de invención más que de realidad.
En todo caso, la estrecha relación entre ficción y realidad fue una de las características
de la obra de Maugham, a pesar de la obligada declaración legal sobre el hecho de que «los
personajes [de ésta o aquella obra] son completamente imaginarios». En 1938 escribió: «Realidad
y ficción están tan mezcladas en mi obra que ahora, echando una ojeada en ella, difícilmente
puedo distinguir la una de la otra». A través de su protagonista principal, Philip
Carey, Servidumbre humana desgrana una historia de formación y sufrimiento abarcando diversas
fases de la juventud y la sensualidad humana. Su orfandad, las humillaciones sufridas en
la escuela a causa de su defecto físico en un pie —como en el caso de su autor, por
la tartamudez— desarrollaron en Philip un carácter introspectivo y extremadamente sensible,
al tiempo que se formó en él «… el más exquisito hábito humano: el de la lectura».
Su rebeldía, plasmada en su descreimiento religioso y en sus ansias de aventura y libertad,
provino de aquella falta de mayor cariño. En París vivirá infructuosamente el sueño
de convertirse en artista; y las sucesivas etapas de su vida —los estudios de medicina
en Londres, su desaforada pasión por una mujer vulgar pero seductora, el hambre y la
pobreza…— buscarán la respuesta al sentido de la existencia, a cuál debe ser la idea
rectora que la guíe. Pero sólo en uno mismo está poder descubrirlo: vivir será tejer
el tapiz del propio destino por la satisfacción de llevar a cabo la obra y al comprenderlo,
el protagonista encontrará inesperadamente la paz.
William Somerset Maugham. Servidumbre humana.
ePub r1.0. Tellus 06.07.13.
Título original: Of Human Bondage. William Somerset Maugham, 1915.
Traducción: Enrique de Juan. Editor digital: Tellus.
Prólogo. Me parece un tanto absurdo escribir un prólogo
para una novela ya de por sí muy larga; pero es el caso que, cuando se publica un libro
escrito muchos años antes, los lectores desean siempre algo de este género con el fin de
que estimule su apetito; en consecuencia, me he pasado varios días preguntándome qué
podría decirles que los satisficiera. Esta novela era en un principio más breve,
y fue escrita entre los últimos meses de 1897 y los primeros de 1898. Se titulaba entonces,
no sin cierta presunción, El temperamento artístico de Stephen Carey. La novela terminaba
en el momento de alcanzar el protagonista los veinticuatro años, que era la edad que
yo tenía cuando estampé la palabra «Fin». Le hacía partir para Ruán, ciudad que yo
conocía por haberla visitado rápidamente, en plan de turista, en dos o tres ocasiones,
y también para Heidelberg —lo mismo que en Servidumbre humana—, localidad esta última
que conocía perfectamente; le hacía estudiar música —de la que no entendía entonces
nada y hoy entiendo muy poco— y también pintura, materia de la que por lo menos en
años sucesivos he conseguido comprender alguna cosa. Nunca me he sentido con el valor suficiente
para releer el manuscrito de mi antigua novela, e ignoro si posee algún mérito. Fue rechazado
por dos o tres editores porque, según ellos, el episodio de miss Wilkinson lo hacía poco
apropiado para una casa editorial importante. Y cuando al fin encontré a un editor dispuesto
a correr el riesgo de su publicación, no quiso entregarme las cien libras que a mí
se me habían metido entre ceja y ceja que debía obtener como mínimo por mi trabajo.
En vista de ello guardé el manuscrito y no volví a pensar en él.
Pero, cosa extraña, no basta con escribir un libro para liberarse; es necesario también
publicarlo; además, yo no podía olvidar las personas, los acontecimientos, los incidentes
de que se componía el mío. En el curso de los diez años siguientes viví otras muchas
experiencias y conocí a otras muchas personas. El libro continuó formándose solo en mi
mente y muchos acontecimientos de mi vida encontraron sitio en él. Algunos de mis recuerdos
eran tan insistentes que no podía deshacerme de ellos ni durante el sueño. Había llegado
a ser un comediógrafo de discreta notoriedad. Ganaba bastante y los empresarios se apresuraban
a contratar a los actores que habían de representar cada comedia mía antes de que yo hubiese
terminado el último acto. Pero mis recuerdos no querían dejarme en paz. Llegaron a constituir
tal tormento para mí que decidí abandonar el teatro mientras no pudiera liberarme de
ellos. El libro me tuvo ocupado durante dos años. Me sentía desconcertado ante el volumen
que iba adquiriendo, pero yo no escribía por gusto; escribía para librarme de una
obsesión insoportable. Y conseguí mi objeto. Efectivamente, después de haber corregido
las pruebas, todos los fantasmas que me habían perseguido desaparecieron y ya no fui molestado
más por los personajes y por los incidentes que les concernían. Ahora, al pensar en ellos
—no he vuelto a leer ni una sola línea—, me costaría decir en qué parte del libro
hay hechos reales y en cuál otra invención: qué parte describe acontecimientos que sucedieron
realmente —a veces relatados con entera exactitud, a veces transformados por una ardiente
imaginación— y en cuáles se narra lo que yo hubiera querido que sucediera.
El libro apareció en 1915. Hacía ya un año que la guerra había estallado y se suponía
que el público estaba cansado de leer partes de guerra, crónicas de enviados especiales
y de artículos de estrategas de café, los cuales profetizaban que todo acabaría pasadas
unas cuantas semanas. Una novela podía constituir un aliciente. En suma, mi libro fue acogido
bastante bien. Recuerdo que los periódicos más importantes le prestaron una respetuosa
atención, si bien manteniendo su entusiasmo dentro de límites razonables. El triunfo
que había obtenido como escritor de comedias ligeras los predisponía a considerar con
desconfianza un libro salido de mi pluma. Por otro lado mi libro apareció tarde en
el mercado. El final de mi novela fue criticado severamente. Se dijo que el matrimonio feliz
era una conclusión demasiado convencional; no se alcanzaba a comprender cómo podía
yo admitir que mi protagonista, con su carácter inquieto y atormentado, encontrase la felicidad
junto a una mujer tan mediocre. El público hubiera preferido que el protagonista se hubiese
marchado solo por el mundo, en continua lucha contra el ambiente hostil. Pero yo no tenía
hechos en qué fundarme. Las mujeres creen que el hombre desea que su vida transcurra
en una compañía capaz de comprender todos sus modos de pensar; le ven, inspirado por
ellas, lanzándose a conseguir las metas más nobles; se consideran como un estímulo espiritual
para hacerle lograr las más altas ambiciones; encuentran razonable que deseen discutir los
graves problemas del espíritu y que exista entre ellos el «Debe» y el «Haber» de
dos intelectos iguales. Yo creo que ésa es la mujer ideal para muchos hombres, pero no
para muchos escritores. El escritor tiene necesidad de paz y de amor, de paz y de comodidad,
de paz y de distracción, de paz y de bondad. Y sus heroínas favoritas le ofrecen todo
esto. Cierto que éstas parecen al extraño un poco tontas, y que pocas mujeres dejan
de impacientarse, según creo, ante las dulces heroínas de Dickens, de Thackeray, de Anthony
Trollope. Pero los escritores sienten gran aprecio por ellas. Becky Sharp es divertida,
pero ellos prefieren vivir con la tierna Amelia. ¿Qué escritor ha creado jamás una criatura
más adorable que la Fenitchka de Padres e hijos?
Servidumbre humana triunfó modestamente, pero no conmovió al mundo, y parecía estar
condenada al mismo destino que la mayoría de las novelas, esto es, a caer pronto en
el olvido. En América, sin embargo, corrió mejor suerte. Teodoro Dreiser firmó un largo
artículo elogioso en La Nación; otros eminentes escritores siguieron su ejemplo, llamando
la atención del público sobre la novela. Desde entonces su difusión ha ido en aumento
de año en año. De vez en cuando algún conocido escritor trababa conocimiento con el libro,
y sus elogios hacían que aumentase el número de lectores. La fama conquistada de este modo
volvió a atravesar el Atlántico y los críticos ingleses empezaron a su vez a hablar de la
novela. Me siento orgulloso de poder reconocer que debo el buen éxito de este libro, muy
especialmente, a los elogios de mis colegas. Esto es, poco más o menos, lo que pensaba
escribir como prefacio. Pero me doy cuenta de que lo que hubiera querido decir sólo
tenía interés, en el fondo, para mí. Por otra parte, me parecía difícil decir tantas
cosas sin parecer que proclamaba que este libro debe ser considerado como una obra maestra.
Yo no lo recuerdo en todos sus detalles, pero estoy seguro de que hay en él graves errores.
Representa lo que yo era cuando escribí y me precio de haber llegado a ser mucho más
cuerdo, más tolerante y más amable. Conozco bastante mejor la técnica de la novela y
creo escribir con un estilo mucho más perfecto. Sin duda, al leer la novela encontraría mucho
que cambiar y mucho que tachar. Mas, por suerte, el día antes de decidirme a escribir un prólogo,
como Dios me diera a entender, recibía de América una carta que, a mi parecer, lo puede
sustituir perfectamente. Hela aquí, omitiendo sólo el nombre del que la escribió:
«Apreciable mister Maugham: »Soy un joven de dieciséis años y he leído
varías de sus maravillosas y exquisitas obras. Si me sirvo de estos adjetivos no es para
lisonjear su reconocido genio; no hago otra cosa que intentar describir sinceramente mis
impresiones. »Entre todas me ha parecido Servidumbre humana
la más atrayente y la que ofrece más campo al pensamiento. Este libro me ha fascinado
de tal manera que, cuando lo estaba leyendo, no veía el momento en que terminasen las
horas de escuela para correr a casa y poder seguir atentamente todo cuanto se describe
y se narra en él. He asimilado todo lo que un muchacho de mi edad puede asimilar, y también
un poco más. Tan ensimismado estaba por la lectura que a veces me ha ocurrido no oír
el aviso de que la comida estaba servida, o bien fingía no oírlo, por lo que mi madre
se mostraba luego severa conmigo, a juzgar por el tono de su voz, que no hería físicamente,
sino moralmente. Durante la lectura veía con entera claridad la vida desdichada de
Philip, consecuencia de su deformidad, inferioridad e incapacidad para tratar con el sexo contrario.
Cada vez que era infligida a Philip una mortificación yo sufría con él, compartiendo su dolor
con profunda simpatía. Me refiero al episodio en que fue obligado a mostrar su pie deforme,
y también a los muchos casos dolorosos que le sucedieron cuando se encontraba entre las
garras de Mildred. »Con la lectura de este libro he aprendido
muchas cosas, enseñadas por un hábil maestro: ¡por usted! Además, el libro es de tal riqueza
de lenguaje y posee tal cantidad de imágenes que he llegado a la conclusión de que no
hubiera podido ser más cautivador ni más interesante. Pertenezco a la masa de los que
saben valorar esta obra maestra, como no dudo en clasificarla. Me percato de que desflora
casi todas las fases de la vida humana y sensual, y ésta es una de las principales razones
por las que me gusta su libro. Y sé que me seguirá gustando hasta el final de la vida
ignota que ante mí se abre. »Comprendo que su tiempo es precioso y temo
que esta carta sea para usted una molestia, cuando yo hubiera querido que fuese todo lo
contrario. »Su libro ha proporcionado a mi corazón
un gran consuelo y, por lo tanto, deseo aprovechar esta ocasión para rogarle que acepte el sincero
agradecimiento de X». Aunque dos o tres frases de la anterior carta
hieren mi modestia, no puedo abstenerme de publicarla tal como fue redactada, y ruego
a los amables lectores que por nada del mundo crean que los elogios se me han subido a la
cabeza. WILLIAM SOMERSET MAUGHAM.
1. El alba apuntó gris y oscura. Las nubes se
apelotonaban en el cielo y la crudeza del aire anunciaba nieve. Una niñera entró en
una estancia en la que dormía un niño y descorrió las cortinas de la ventana; dirigió
una distraída mirada a la casa de enfrente, una casa revestida de estuco y provista de
un soportal. A continuación se acercó a la cama del niño.
—Despierta, Philip —dijo. Apartó las ropas del lecho, cogió al niño
entre sus brazos y se lo llevó al piso de abajo. El niño continuaba medio dormido.
—Tu mamá te llama. La niñera abrió la puerta de una habitación
y avanzó con el niño hasta el lecho ocupado por una mujer: era la madre. Ésta tendió
los brazos hacia el niño y el chiquillo se acurrucó junto a ella, sin preguntar por
qué le habían despertado. La madre le besó en los ojos, y en sus frágiles manos sintió
el calor del cuerpecito del niño a través de la camisa larga de franela. Lo estrechó
contra sí. — ¿Duermes, tesoro? —le preguntó.
Su voz era tan débil que parecía venir de muy lejos. El niño no contestó, pero en
sus labios apareció una sonrisa. Sintióse feliz en aquel gran lecho caliente, entre
aquellos brazos que lo oprimían tierna y afectuosamente. Trató de hacerse aún más
pequeño y dio a su madre un sonoro beso. Un momento después cerraba los ojos, quedándose
dormido profundamente. El médico se acercó a la cama.
— ¡Oh, no me lo quite todavía! —pidió la enferma.
Sin responder, el doctor la miró gravemente. La madre, que sabía que no le permitirían
tenerlo más tiempo a su lado, le besó de nuevo; luego pasó la mano por todo el cuerpecito,
hasta llegar a los pies; se apoderó del derecho y durante un instante palpó los cinco deditos;
más tarde acarició lentamente el izquierdo. Comenzó a sollozar.
— ¿Qué tiene usted? —preguntó el médico—. ¿Se siente usted cansada?
La madre, incapaz de pronunciar una palabra, movió la cabeza. Las lágrimas inundaron
su rostro. El doctor se inclinó hacia ella. —Permita usted que me lo lleve.
Demasiado débil para oponerse, la mujer obedeció. El médico entregó el niño a la niñera.
—Es mejor que se lo lleve usted a su cama. —Sí, señor.
El niño, medio dormido, fue conducido a su lecho. Su madre sollozaba de un modo que partía
el corazón. — ¡Pobrecito! ¿Qué será de él?
La enfermera intentó calmarla. Poco después el cansancio terminaba con el llanto de la
madre. El doctor se acercó a una mesa donde, bajo la palangana vuelta hacia abajo, yacía
el cuerpecito de un niño que había nacido muerto. El médico apartó la palangana para
mirarlo. Un biombo separaba la mesita del lecho, pero la mujer adivinó lo que el doctor
estaba haciendo. — ¿Era hembra o varón? —susurró a la
enfermera. —Otro varón.
La madre no respondió. Un momento después regresaba la niñera y se acercaba al lecho.
—No se ha desvelado —afirmó. Hubo una pausa. El doctor tomaba una vez más
el pulso a la enferma. —Creo no poder hacer más por ahora. Volveré
después del desayuno. —Le acompaño, doctor —dijo la niñera.
Salieron en silencio. Ya en el vestíbulo, el médico se detuvo.
— ¿Ha avisado usted al cuñado de mistress Carey?
—Sí, señor. — ¿Sabe usted a qué hora llegará?
—No, señor. Espero un telegrama. — ¿Y el niño? Creo que sería mejor llevárselo
de aquí… —Miss Walkins ha dicho que se lo llevará
a su casa. — ¿Quién es?
—Su madrina, ¿cree usted, doctor, que mistress Carey…?
El doctor hizo un signo afirmativo con la cabeza.
2. Había transcurrido una semana. Philip se
hallaba sentado en el suelo del salón de miss Walkins, en Onslow Gardens. Siendo hijo
único, estaba habituado a jugar solo. La estancia aparecía llena de muebles macizos.
Sobre el sofá había tres gruesos cojines y cada sillón tenía el suyo correspondiente.
El niño se había apoderado de todos y con ayuda de las sillas doradas, ligeras y manejables,
se construyó un refugio en el que podía permanecer oculto a los ojos de los pieles
rojas que le espiaban desde sus tiendas. Aplicó su oreja a la alfombra y oyó las pisadas
de los búfalos que corrían a través de las praderas. En aquel momento, al oír que
la puerta se abría, contuvo la respiración para no ser sorprendido; pero una mano impaciente
movió una silla y todos los cojines se vinieron al suelo.
— ¡Muchacho! Miss Walkins se enfadará contigo.
— ¡Ah, eres tú, Emma! —exclamó Philip. La niñera se inclinó a besarlo. Luego recogió
los cojines y los colocó en su sitio. — ¿Volvemos a casa? —preguntó el niño.
—Sí, he venido a buscarte. —Llevas un vestido nuevo.
Corría el año de 1885 y la niñera iba compuesta como era costumbre entonces. Lucía un vestido
de terciopelo negro con las mangas estrechas y los hombros caídos; la falda tenía tres
volantes. El sombrero también era negro, con cintas de terciopelo. La niñera pareció
dudar durante unos momentos. La pregunta que esperaba no venía; por lo tanto, no le era
posible responder como estaba preparada a hacerlo.
— ¿No me preguntas cómo está mamá? —acabó por decir.
— ¡Ah, me había distraído! ¿Cómo está? Por fin había llegado el momento.
—Mamá está perfectamente y es muy feliz. — ¡Oh, qué contento estoy!
—Se ha marchado. No la verás nunca más. Philip no comprendió lo que aquello quería
decir. — ¿Por qué?
—Tu mamá se ha ido al cielo. La niñera rompió en sollozos, y Philip,
sin saber por qué, la imitó. Emma era alta y huesuda, tenía los cabellos de color claro,
y las facciones muy pronunciadas. Había nacido en el Devonshire, y, no obstante los muchos
años que llevaba en Londres, no consiguió perder nunca su acento nativo. Conmovida por
sus mismas lágrimas, apretaba al niño contra su corazón. ¡Pobre niño! ¡Privado del
único afecto del mundo que no es egoísta! Le parecía una cosa atroz que el muchacho
tuviera que ser confiado a manos extrañas. Poco a poco fue serenándose.
—Tu tío William te está esperando. Ve a despedirte de miss Walkins y luego nos iremos
a casa. —No quiero despedirme de ella —respondió
Philip, deseando instintivamente esconder sus lágrimas.
—Muy bien. Entonces sube en busca de tu sombrero…
El niño obedeció, y cuando regresó con el sombrero encontró a Emma que le esperaba
en el vestíbulo. En aquel instante oyó voces en el gabinete de la derecha del comedor y
se detuvo. Sabía que miss Walkins y su hermana estaban hablando con sus amigos y pensó —tenía
ya nueve años— que si entraba le compadecerían. —Creo que voy a entrar a saludar a miss
Walkins. —Harías bien.
—Dile que voy a entrar. Quería producir una buena impresión. Emma
llamó y entró. —Philip desea saludarla, miss Walkins —oyó
decir el niño. La conversación se interrumpió y el niño
entró cojeando en el gabinete. Henrietta Walkins era una mujer gruesa, con el rostro
encarnado y el cabello teñido. En aquella época, el hecho de teñirse el cabello era
muy criticado, y Philip había oído muchos comentarios hostiles a propósito del cambio
que se había operado en el color del cabello de su madrina. Miss Walkins vivía con una
hermana mayor, la cual había aceptado serenamente la vejez. Dos señoras, a las que el niño
no conocía, se encontraban también en el gabinete, haciendo una visita a las dueñas
de la casa; mientras, contemplaban al muchacho con curiosidad.
— ¡Pobre niño! —exclamó miss Walkins abriendo los brazos.
Y empezó a llorar. Philip comprendió entonces por qué su madrina no había aparecido por
el comedor a la hora del almuerzo y por qué llevaba un vestido negro. Miss Walkins lo
abrazó sin poder pronunciar una palabra. —Me voy a casa —dijo al fin el muchacho.
Se libertó de los brazos de su madrina, la cual lo besó de nuevo. A continuación el
niño se acercó a saludar a la hermana de su madrina. Una de las señoras que estaban
de visita le preguntó si podía besarlo; el niño le contestó gravemente que sí.
Saboreaba en lo más íntimo de su ser la sensación que producía sobre aquellas mujeres
llorosas, y hubiera querido prolongarla, pero comprendió que estaban esperando que se marchara,
pues Emma le aguardaba. Salió de la estancia. Emma había descendido a la planta baja y
hablaba con una amiga. Tuvo que esperarla en el rellano de la escalera. Mientras aguardaba,
oyó la voz de Henrietta Walkins: —Su madre era mi mejor amiga. ¡No puedo
hacerme a la idea de que ha muerto! —No debías haber ido al entierro, Henrietta
—contestó su hermana—. Estaba segura de que te trastornaría.
A continuación habló una de las visitantes: — ¡Pobre niño! Es horrible pensar que
está solo en el mundo. He notado que es cojo. —Sí, tiene un pie contrahecho. Era un gran
dolor para su madre. Volvió Emma. Llamó a un coche y le dio la
dirección al cochero. 3.
Cuando llegaron a la casa donde había muerto mistress Carey, situada en una señorial y
melancólica avenida de Kensington, entre Notting Hill Gate y High Street, Emma condujo
a Philip al salón. Su tío estaba escribiendo algunas cartas dando las gracias a todos los
que habían enviado coronas de flores. Una de las coronas, llegada después del entierro,
permanecía sobre la mesa del vestíbulo. —He aquí a Philip, señor —dijo Emma.
Mister Carey se puso en pie lentamente y estrechó la mano del niño. A continuación se acercó
a él y se inclinó para besarle en la frente. Era de mediana estatura, con marcada tendencia
a la obesidad; su cabello, largo por detrás, lo peinaba hacia delante para ocultar la calvicie.
Llevaba la cara perfectamente rasurada, y sus facciones eran regulares y podía suponerse
que de joven había sido guapo. De la cadena de su reloj pendía una cruz de oro.
—Ahora vendrás a vivir conmigo, Philip —dijo—. ¿Estás contento?
Dos años antes Philip había sido enviado a pasar una breve temporada al vicariato,
cuando estaba convaleciente de un ataque de varicela. Pero más que acordarse de su tío
y de su tía el niño se acordaba de una terraza y de un gran jardín.
—Sí. —Debes considerar a tu tía Louisa y a mí
como si fuéramos tu padre y tu madre. El niño enrojeció y su boca tembló ligeramente,
pero no respondió una palabra. —Tu pobre mamá te ha dejado a mi cuidado.
Mister Carey no se expresaba con mucha facilidad. Al recibir la noticia de que su cuñada se
hallaba moribunda habíase apresurado a marchar a Londres, pero durante el viaje no había
pensado en otra cosa que en el trastorno que para él sería verse obligado a hacerse cargo
del huérfano. Tenía más de cincuenta años, y su mujer, con la que se había casado a
los treinta, no le había dado hijos. La perspectiva de tener un niño en casa, que podría resultar
travieso y mal educado, no le hacía mucha gracia. Por otra parte, nunca había querido
mucho a su cuñada. —Mañana te conduciré a Blackstable —añadió.
— ¿Con Emma? —colocó su mano en la de la mujer, que se la estrechó.
—Mucho me temo no poder llevar a Emma con nosotros.
—Pues yo quiero que venga. Rompió a llorar y la niñera no pudo menos
que imitarle. Mister Carey los miró desorientado.
—Será mejor que me deje solo con Philip. —Muy bien, señor.
Philip se agarró a Emma, pero ésta se separó dulcemente. Mister Carey sentó al niño sobre
sus rodillas y le pasó un brazo por los hombros. —No debes llorar. Eres ya demasiado crecido
para tener una niñera. Procuraremos enviarte a la escuela.
— ¡Quiero que Emma venga conmigo! —repitió el niño.
—Cuesta demasiado, Philip. Tu padre no ha dejado mucho dinero, y no sé qué destino
ha dado a su pequeño patrimonio. Habrá que economizar al céntimo.
Mister Carey había ido el día antes a hablar con el notario de la familia. El difunto padre
de Philip había sido un cirujano con muy buena clientela, y con el sueldo que recibía
como director del hospital podía suponerse que su posición económica era discreta.
Por lo tanto, constituyó una sorpresa, al morir prematuramente, a consecuencia de una
infección, que dejara a su viuda solamente su seguro de vida, lo que rentaba su casa
de Bruton Street y muy poco dinero más. Esto había acontecido seis meses antes. Y mistress
Carey, que estaba delicada de salud, al verse sola con un hijo, perdió la cabeza, aceptando
la primera oferta que le hicieron para la compra de la casa. Guardó sus muebles en
un almacén y alquiló por un año una casa amueblada, pagando por ella una suma que al
párroco le pareció escandalosa. La culpa de esto la tenía el no haber pensado en otra
cosa que en el nacimiento del otro hijo. La joven no estaba acostumbrada a manejar dinero
y era incapaz de darse cuenta de las nuevas circunstancias en que se encontraba. Lo poco
que tenía se había esfumado sin que nadie supiera cómo; después de haber pagado todas
las cuentas quedaban poco más de dos mil libras para mantener al niño hasta que tuviera
la edad de ganarse la vida. Era imposible explicar todo esto a Philip, el cual continuaba
sollozando. —Es mejor que ahora te vayas con Emma —dijo
mister Carey, pensando que la mujer era más apta que él para consolar al niño.
Sin pronunciar una palabra, Philip se bajó de las rodillas de su tío, pero éste le
detuvo. —Hemos de partir mañana, pues el sábado
debo preparar mi sermón. Dile a Emma que recoja tu ropa. Puedes llevarte todos tus
juguetes, y si deseas tener un recuerdo de tu padre y de tu madre elige un objeto de
cada uno de ellos. El resto ha de ser vendido. El niño abandonó la estancia. Mister Carey,
que no estaba acostumbrado a trabajar, reanudó, un poco fastidiado, su correspondencia. Encima
de la mesa había un montón de facturas que le irritaban. Una, sobre todo, le parecía
completamente absurda. En cuanto murió la señora, Emma había encargado una enorme
cantidad de flores blancas para colocarlas en la habitación de la difunta. Un verdadero
despilfarro. Emma tomaba demasiadas iniciativas por cuenta propia. Aunque la cosa no hubiera
sido necesaria por razones económicas, la habría despedido igualmente.
Philip se acercó a Emma y, abrazándose a ella, lloró como si el corazón se le despedazara.
La mujer intentó consolarle lo mejor que pudo, igual que si se tratara de un hijo propio.
Había empezado a cuidarle cuando apenas tenía un mes. Prometió al muchacho que iría a
menudo a verle y que nunca se olvidaría de él. Le habló de la región donde él iba
a trasladarse y de su propia casa en el Devonshire, en cuyo corral había dos cerdos y una vaca
que acababa de tener un ternerillo, hasta que a Philip se le secaron las lágrimas y
empezó a excitarse al pensar en el próximo viaje. Emma lo sentó en el suelo porque tenía
mucho que hacer y el niño la ayudó a sacar sus vestidos y a colocarlos en la cama. La
mujer lo mandó luego a la habitación de los juguetes para que recogiera todos sus
objetos. Poco después el niño jugaba tranquilo y feliz.
Finalmente, se cansó de estar solo y volvió al dormitorio donde Emma estaba metiendo toda
su ropa en una gran maleta de cuero. El niño recordó de pronto que su tío le había dicho
que podía elegir lo que quisiera entre los objetos de su papá y de su mamá, y preguntó
a Emma qué podía elegir: —Es mejor que vayas al salón y elijas tú
solo. — ¡Pero está el tío!
—No importa. Después de todo son objetos tuyos.
Philip se dirigió paso a paso hacia el salón, donde encontró la puerta abierta. Mister
Carey no se encontraba allí. El niño miró en torno suyo. Estaban en aquella casa desde
hacía tan poco tiempo que muy pocas cosas despertaban en él un interés particular.
Aquella habitación le era por completo extraña y Philip no encontró nada que despertase
su imaginación, pero sabía perfectamente qué objetos pertenecían a su madre y cuáles
al propietario de la casa. Fijó su mirada en un pequeño reloj de pared que gustaba
mucho a su madre, según le había oído decir una vez. Con él en la mano, regresó, desconsolado,
al piso de arriba. Ante la puerta de la habitación de su madre se detuvo a escuchar. Nadie le
había prohibido que entrara, pero él tenía la sensación de que si lo hacía no obraría
bien; tenía un poco de miedo y oía los desordenados latidos de su corazón, mas al mismo tiempo
algo le impelía a hacer girar el pestillo de la puerta. Lo hizo muy suavemente, como
para impedir que el que estuviera dentro le oyera. Una vez hecho esto, atravesó con la
mayor lentitud el umbral, permaneciendo un instante en él mientras hacía acopio de
valor. No sentía ya miedo; ahora le dominaba una extraña impresión. Cerró la puerta
tras sí. Las persianas estaban echadas y la habitación, en aquel día de enero, iluminada
por una luz cruda y fría, estaba en sombras. Sobre el tocador veíanse los objetos de mistress
Carey y su espejo de mano. En un cacharrito había algunas horquillas. Sobre la chimenea,
una fotografía suya y otra de su padre. Philip había entrado muchas veces en aquella habitación
cuando su madre no estaba en casa, pero en la actualidad la cosa era distinta. Hasta
las sillas mostraban una extraña expresión. La cama estaba hecha como si alguien fuera
a dormir en ella aquella misma noche. En una bolsa colocada a los pies de la cama había
una camisa de dormir. Philip abrió un armario lleno de vestidos.
Cogió cuantos pudo entre sus brazos y escondió la cara en ellos. Conservaban el perfume que
su madre acostumbraba usar. A continuación abrió los cajones; en ellos había unos saquitos
de espliego colocados entre la ropa interior y que despedían un olor fresco y agradable.
La habitación fue perdiendo su expresión extraña. A Philip le parecía que su madre
había salido a dar un paseo. Volvería dentro de poco y subiría al piso de arriba, a la
habitación de los juguetes, para tomar el té con él. Y le parecía estar sintiendo
ya sus besos sobre los labios. No era cierto que no la vería nunca más;
no era cierto porque, sencillamente, la cosa era imposible. Se echó en la cama y colocó
la cabeza sobre la almohada, permaneciendo tranquilo.
4. Philip se separó de Emma sollozando, pero
el viaje le divirtió, y cuando llegaron a Blackstable se mostraba resignado y alegre.
Blackstable se encontraba situado a sesenta millas de Londres. Después de haber entregado
el equipaje a un mozo, mister Carey dirigióse a pie, en compañía de Philip, hacia el vicariato,
no tardando más de cinco minutos en llegar. Philip reconoció de pronto la cancela. Tenía
cinco barrotes y estaba pintada de rojo; giraba con suma ligereza sobre sus goznes y, aunque
fuera cosa prohibida, se podía subir uno en ella y hacerla ir hacia delante y hacia
atrás. Atravesaron el jardín hasta llegar a la puerta principal que sólo era utilizada
por los visitantes dominicales, o bien en las grandes ocasiones, como, por ejemplo,
cuando el vicario partía para Londres o bien regresaba. El movimiento usual de la casa
se realizaba a través de una puerta lateral y, además, existía una puerta posterior
para el jardinero y para los mendigos y vagabundos. Era una casa bastante grande, de ladrillos
pintados de amarillo y con el techo de color rojo, que había sido construida, a estilo
eclesiástico, hacía veinticinco años. La puerta principal parecía una puerta de iglesia
y las ventanas eran góticas. Como sabían en qué tren iban a llegar, mistress
Carey los esperaba en el salón con el oído atento al chirrido de la cancela. En cuanto
lo oyó, se puso en pie y se dirigió a la puerta.
Philip empezó a correr torpemente, arrastrando su pie contrahecho; luego se detuvo. Mistress
Carey era pequeña y parecía de la misma edad que su marido, tenía el rostro extraordinariamente
surcado de profundas arrugas y claros ojos azules. Peinaba su cabello gris siguiendo
la moda que imperó durante su juventud, es decir, partido en bucles. Su vestido era gris
y llevaba como único adorno una cadena de oro de la que pendía una cruz. Sus modales
eran tímidos y su voz dulce y agradable. — ¿Habéis venido a pie, William? —preguntó
a su marido en tono de reproche mientras le besaba.
—No me he dado cuenta —respondió el pastor echando una ojeada al sobrino.
— ¿No te ha hecho daño andar, Philip? —preguntó la señora al niño.
—No. Estoy acostumbrado. Este diálogo sorprendió un poco a Philip.
Entraron juntos en el vestíbulo, cuyo suelo era de baldosas rojas y amarillas que alternaban
con una cruz griega y el Cordero de Dios. Una imponente escalinata de madera conducía
al piso superior; era de madera de pino pulimentada y despedía un olor especial. Había sido
construida porque cuando acabaron de abastecer de bancos a la iglesia sobró, afortunadamente,
mucha madera. La baranda estaba decorada con emblemas de los cuatro evangelistas.
—He mandado encender la estufa pensando que sentiríais frío después del viaje —dijo
mistress Carey. La estufa era grande, estaba colocada en el
vestíbulo y solamente se encendía cuando el tiempo era extremadamente crudo o cuando
el pastor tenía un resfriado. Pero si era mistress Carey quien tenía el resfriado,
la estufa permanecía apagada. El carbón era demasiado caro. Además, a Marian, la
sirviente, no le gustaba encender el fuego en tantas habitaciones. Si querían encender
tantas estufas debían tomar otra criada. Durante el invierno mister y mistress Carey
hacían la vida en el comedor, por lo que bastaba una sola estufa. Y en verano no acababan
de habituarse a aquella habitación, de suerte que el salón servía únicamente para que
mister Carey durmiera su siesta las tardes del domingo. Pero el sábado hacía encender
el fuego en el estudio para poder escribir su sermón.
Tía Louisa condujo a Philip al piso superior y lo entró en una habitación que daba al
vial. Frente a la ventana había un gran árbol, del cual el muchacho se acordaba aún, porque
tenía las ramas tan bajas, que podía treparse gracias a ellas hasta cierta altura.
—Una habitación pequeña para un niño pequeño —dijo la tía—. ¿No te dará
miedo dormir solo? — ¡Oh, no!
En su primera visita al vicariato le había acompañado la niñera, y mistress Carey no
tuvo necesidad de cuidarse mucho del niño. Ahora le miraba un tanto incierta.
— ¿Sabes lavarte o debo hacerlo yo? —Sé hacerlo yo —repuso el niño con firmeza.
—Bien; miraré si tienes las manos limpias cuando bajes para el té.
Mistress Carey no comprendía del todo a los niños. Al decidirse que Philip fuera a vivir
a Blackstable, ella había pensado mucho en la manera de tratarlo. Quería cumplir con
su deber, pero ahora que el muchacho había llegado sentíase tan intimidada delante de
él como el muchacho delante de ella. Deseaba que no fuera mal educado ni travieso, pues
su marido no amaba a los niños que no fueran comedidos. Mistress Carey buscó un pretexto
para dejar a Philip solo, pero después de un momento volvió, y, atravesando el umbral,
preguntó al niño si era capaz de echar el agua en la palangana. Después bajaron a la
planta y sonó la campana para el té. El comedor, grande y proporcionado, tenía
ventanas a ambos lados y pesados cortinajes de reps rojos. En el centro se veía una mesa
maciza y junto a una de las paredes un imponente aparador de caoba provisto de un espejo. En
uno de los ángulos había un armario. Al lado de la chimenea estaban colocados dos
sillones de cuero cubiertos con una funda de tela. Uno de ellos tenía brazos y era
llamado el «marido»; el otro no tenía brazos y era llamado la «mujer». Mistress Carey
no se sentaba nunca en el sillón de brazos; tenía siempre tantas cosas que hacer que
si su sillón hubiese sido cómodo habría tenido menos interés en dejarlo.
Cuando Philip entró, su tío estaba atizando el fuego e hizo ver al sobrino que había
dos badilas. Una grande, nueva, que nunca era usada, se llamaba el «vicario»; la otra,
más pequeña, y que evidentemente había conocido muchos fuegos, se llamaba el «cura».
— ¿Qué es lo que esperamos? —preguntó mister Carey.
—He dicho a Marian que te cociera un huevo. He pensado que después del viaje tendrías
apetito. Mistress Carey estaba convencida de que el
viaje de Londres a Blackstable era muy fatigoso. Era una mujer que viajaba muy poco, ya que
los ingresos no pasaban de trescientas libras al año, y cuando el marido tenía necesidad
de unas vacaciones, al no tener bastante dinero para los dos, partía solo. A mister Carey
le gustaban mucho los congresos religiosos y sabía arreglárselas para ir a Londres
una vez al año; había estado en París cuando se celebró la Exposición y dos o tres veces
en Suiza. Marian trajo el huevo. Se sentaron a la mesa.
La silla era demasiado baja para Philip. —Le pondremos unos libros —sugirió Marian.
Cogió de encima del armario la gran Biblia y el libro en el que acostumbraba leer sus
plegarias y los colocó encima de la silla del muchacho.
— ¡Pero no puede sentarse sobre la Biblia, William! —exclamó mistress Carey un tanto
escandalizada—. ¿No podría cogerse algún libro de tu despacho?
Mister Carey consideró la cuestión durante unos instantes.
—Por esta vez no importa. Puede sentarse sobre el libro de las plegarias —sentenció—.
Es un libro compuesto por hombres como nosotros. Nada de divino hay en sus autores.
—No había pensado en ello —respondió tía Louisa.
Philip se sentó sobre el libro, y el vicario, después de haber dicho la plegaria, cortó
su huevo. —Toma —dijo, y puso un pedazo en el plato
de Philip—. Si quieres, puedes comerte la clara.
Philip se hubiera comido un huevo entero de buena gana, pero como no se lo ofrecían contentóse
con lo que le daban. — ¿Cuántos huevos han puesto las gallinas
mientras yo he estado fuera? —preguntó el reverendo.
— ¡Oh, se han mostrado muy perezosas! Sólo uno o dos al día.
— ¿Lo has encontrado bueno, Philip? —preguntó el tío.
—Muy bueno. Gracias. —Mañana habrá otro.
Mister Carey tomaba siempre un huevo en el té con leche de los domingos, con objeto
de adquirir fuerzas para el servicio de la tarde.
5. Philip empezó a conocer gradualmente a las
personas con las cuales tendría que vivir, y oyendo fragmentos de conversaciones, algunas
impropias para sus oídos, supo muchas cosas referentes a sus difuntos padres y a sí mismo.
Su papá era mucho más joven que el vicario de Blackstable. Después de una brillante
carrera como ayudante en el Hospital de San Lucas, había sido nombrado director, empezando
a ganar mucho dinero. Gastaba con facilidad. Una vez el párroco había escrito a su hermano
pidiéndole que se suscribiera con alguna cantidad a la colecta abierta con el fin de
restaurar la iglesia, y había tenido la sorpresa de recibir doscientas libras. El vicario,
parsimonioso por temperamento y económico por necesidad, aceptó la suma con una mezcla
de sentimientos: envidia hacia aquel hermano que podía desprenderse de una suma como aquélla,
alegría por el beneficio que le proporcionaba a su iglesia y una vaga irritación por aquella
generosidad que parecía casi una ostentación. En aquella época Henry Carey se había casado
con una de sus clientes, bella muchacha sin un cuarto y huérfana, pero de buena familia.
Al casamiento asistieron gran cantidad de personas elegantes. El párroco, que fue a
visitar a su cuñada a Londres, enjuició las cosas desde su punto de vista. Era muy
tímido, y en su interior experimentaba cierta hostilidad hacia la belleza de su cuñada:
le parecía que vestía demasiado lujosamente para ser la esposa de un cirujano que se ganaba
la vida con su propio esfuerzo; y la calidad de los muebles de la casa, y la cantidad de
flores entre las cuales vivían, incluso en invierno, le parecieron una deplorable extravagancia.
La oyó hablar de la habitación que se le destinaba, pero la hospitalidad que le ofrecían
era tan señorial que, como dijo a su mujer al volver a casa, no hubiera sabido nunca
cómo corresponder. En el frutero había visto algunos racimos de uvas que habrían costado
lo menos a ocho chelines la libra, y en la comida le habían servido espárragos dos
meses antes de que los del huerto del vicariato estuvieran maduros. Ahora todo lo que él
había previsto acababa de suceder y el vicario experimentaba la satisfacción del profeta
que ve cómo las llamas y la lava destruyen la ciudad que no ha querido enmendarse después
de su admonición. El pobre Philip se había quedado sin un cuarto. ¿Para qué habían
servido los elegantes amigos de su madre? El niño oyó hablar de la prodigalidad de
su padre como de un delito, y de que la Providencia había hecho bien llevándose a su madre:
la pobre mujer ignoraba por completo el valor del dinero.
Hacía una semana que Philip se encontraba en Blackstable cuando ocurrió un incidente
que irritó mucho a su tío. Una mañana mister Carey encontró sobre el escritorio un paquete
que habían mandado a la difunta mistress Carey, siendo reexpedido a Blackstable. Al
abrirlo, el párroco se encontró con una docena de fotografías de la joven: sólo
la cabeza y los hombros, con el pelo arreglado más sencillamente que de costumbre, lo que
le daba una expresión distinta de la habitual. Tenía las mejillas hundidas y como chupadas,
pero nada podía alterar la belleza de aquellas facciones. Sus grandes ojos, de color oscuro,
mostraban una tristeza que Philip no recordaba haber visto nunca en ellos. La primera impresión
de mister Carey al ver aquel rostro, fue de perplejidad. La fotografía parecía muy reciente
y a él no le cabía en la cabeza que se hubieran encargado doce copias.
— ¿Tú no sabes nada, Philip? —preguntó. —Recuerdo que mamá dijo que se iba a hacer
un retrato —respondió el niño—. Miss Walkins se lo reprochó… y ella replicó:
«Quiero que el niño tenga un recuerdo mío cuando sea mayor».
Mister Carey se quedó un instante mirando a Philip. El niño hablaba con voz clara y
aguda. Recordaba la frase, pero ésta no tenía ningún significado para él.
—Puedes coger una de estas fotografías y llevártela a tu cuarto —le dijo—. Yo
guardaré las otras. Mister Carey envió una a miss Walkins, la
cual escribió explicando cómo habían sido hechas.
Un día mistress Carey, enferma en la cama, sintióse un poco mejor. El doctor, que la
había visitado por la mañana, dio alguna esperanza. Emma estaba fuera con el niño
y las otras criadas tenían trabajo en la planta baja. De pronto mistress Carey se sintió
desesperadamente sola en el mundo y fue presa de un gran terror ante el miedo de no superar
el parto que esperaba desde hacía quince días. Su hijo tenía nueve años. ¿Durante
cuánto tiempo se acordaría de ella? No pudo tolerar el pensamiento de que al crecer la
olvidaría en tanto que ella lo había amado apasionadamente, lo había amado porque estaba
lisiado y era débil. No tenía ninguna fotografía hecha después de su matrimonio, es decir,
desde hacía diez años. Sintió el deseo de que su hijo supiera cómo había sido en
aquellos últimos tiempos. De esta forma no podría olvidarla. Sabía que si hubiera llamado
a la camarera para decirle que quería levantarse lo hubiera impedido y quizás hubiese llamado
al doctor, y ella no se sentía con fuerzas para luchar y discutir.
Saltó del lecho y empezó a vestirse sola. Llevaba tanto tiempo en la cama que las piernas
se le doblaban y sentía en los pies un doloroso hormigueo. Pero siguió vistiéndose. No estaba
acostumbrada a peinarse ella y cuando alzó los brazos para arreglarse el cabello tuvo
un mareo. No acertó a peinarse como lo hacía la camarera. Poseía unos bellos cabellos,
finísimos, de color de oro. Las cejas eran oscuras. Se puso una falda negra, pero eligió
el corpiño de un traje de noche que le gustaba más que todos los otros. Era de damasco blanco,
de acuerdo con la moda del momento. Miróse en el espejo. Estaba muy pálida, pero su
piel era muy clara. Nunca había tenido color, y aquella palidez producía un bello contraste
con el rojo de los labios. No pudo contener un sollozo. Mas no podía perder el tiempo
llorándose a sí misma: estaba horriblemente cansada. Se puso el abrigo que su marido le
había regalado por Navidad — ¡había sido tan feliz!— y bajó la escalera latiéndole
el corazón. Salió de casa sin que nadie se diera cuenta y llegó a casa de un fotógrafo.
Tuvo que beber un vaso de agua entre una y otra actitud. El fotógrafo, al verla enferma,
le propuso que volviera otro día, pero ella insistió en quedarse. Pagó al fotógrafo,
y se hizo conducir hasta la casita de Kensington, que detestaba cordialmente. Era una casa horrible
para morir. Encontró la puerta abierta. Cuando descendía
del coche, Emma y la camarera corrieron a ayudarla. Se habían asustado al encontrar
la habitación vacía. Al pronto creyeron que habría ido a visitar a miss Walkins y
mandaron a la sirvienta a que se informara, la cual volvió acompañada de miss Walkins.
Ésta esperaba ahora llena de ansiedad en el salón. Al ver a mistress Carey intentó
reñirla, pero el esfuerzo de la enferma había sido tan grande que cayó desvanecida en brazos
de Emma, siendo conducida a su habitación. Permaneció sin sentido durante algún tiempo,
que pareció increíblemente largo a los que la asistían. El doctor, llamado urgentemente,
no se presentó. Hasta el día siguiente, cuando la enferma se sintió un poco mejor,
no supo miss Walkins lo que había sucedido. Philip jugaba en el suelo, en la habitación
de su madre, y las señoras no prestaron atención a su presencia. El niño comprendía de un
modo vago lo que estaban hablando y no hubiera sabido decir por qué razón una frase de
las pronunciadas se le quedó grabada en la memoria: «Quiero que el niño tenga un recuerdo
mío cuando sea mayor». —No comprendo por qué encargó una docena.
Bastaba con dos —observó mister Carey. 6.
En el vicariato todos los días eran iguales. Inmediatamente después del desayuno Marian
traía el Times. Mister Carey lo compartía con otros dos vecinos. Él lo leía desde
las diez hasta la una. A esta hora el jardinero se lo llevaba a mister Ellis, que vivía en
Limes, el cual lo tenía en su poder hasta las siete. A continuación era llevado a mister
Broocks, propietario de Manor House, quien, en compensación por recibirlo tan tarde,
tenía el derecho de quedarse con él. En verano mistress Carey le pedía algún ejemplar
atrasado para cubrir sus botes de mermelada. Cuando el pastor empezaba a leer el periódico,
su mujer se ponía el sombrero y marchaba a hacer la compra. Philip la acompañaba.
Blackstable, pueblo de pescadores, se reducía a una calle principal, en la cual estaban
las tiendas, el banco, la casa del médico y la de dos o tres armadores. En las sórdidas
callejuelas próximas al pequeño puerto vivían los pescadores y la gente menesterosa, pero
como éstos frecuentaban la capilla disidente no eran tomados en consideración. Cuando
mistress Carey se tropezaba con el ministro de aquella secta cruzaba el arroyo con el
fin de pasar a la otra acera y si le era imposible hacerlo se mantenía con los ojos bajos. ¡Aquellas
tres capillas en el paseo principal eran un verdadero escándalo! El vicario no había
podido resignarse nunca a verlas y decía que la autoridad debía haber impedido su
construcción. Dada la distancia a que se encontraba la iglesia parroquial, situada
a dos millas de la ciudad, no era fácil hacer la compra en Blackstable, toda vez que los
disidentes eran, la gran mayoría, comerciantes. Por otra parte, no había que pensar en surtirse
entre los que no frecuentaban la iglesia. El modo de hacer el clero sus compras podía
tener mucha influencia sobre la fe de un negociante. Dos carniceros, excelentes feligreses, no
comprendían que el vicario se sirviera cotidianamente de ambos. La ecuánime decisión de servirse
seis meses de uno y seis meses de otro no los satisfacía. El que permanecía, digámoslo
así, en reposo, amenazaba continuamente con no ir a la iglesia, por lo cual el vicario
se veía obligado a amenazar a su vez; el carnicero haría muy mal no yendo a la iglesia,
pero si su iniquidad hubiera llegado al extremo de hacerle frecuentar otra capilla, mister
Carey se hubiera visto obligado, por buena que fuera la carne que vendía, a no comprarle
ya nunca más. Mistress Carey deteníase a menudo en el banco para transmitir un mensaje
al director, Joshua Graves, el cual desempeñaba tres cargos a la vez: maestro de coro, tesorero
y administrador de los bienes parroquiales. Alto y delgado, de color amarillento, la nariz
demasiado larga y el cabello blanco, aquel hombre parecíale viejísimo a Philip. Llevaba
las cuentas de la parroquia y organizaba las fiestas para los coristas y para los alumnos
de la escuela, y aunque la iglesia no poseía órgano, el coro dirigido por él pasaba en
Blackstable por ser el mejor de Kent. Por ejemplo, cuando había alguna ceremonia, tal
como la visita del obispo para administrar la confirmación o la del decano rural para
bendecir la cosecha, Yoshua Graves se preocupaba de los preparativos, no dudando en hacerlo
todo a su manera, consultando al vicario muy por encima. Éste, aunque tenía buen cuidado
de evitar querellas, no estaba muy satisfecho con aquella desenvoltura. Era natural que
se creyese el personaje más importante de la parroquia. Mister Carey decía continuamente
a su mujer que si Graves no obraba con más prudencia, un día u otro recibiría una buena
lección. Pero la mujer le suplicaba que hiciera todo lo posible por soportarlo, teniendo en
cuenta que a aquel hombre le movían las mejores intenciones y que no era culpa suya si no
era un caballero. El vicario se resignaba a ejercer la cristalina virtud de la paciencia,
pero se vengaba dando al director del coro el sobrenombre de Bismarck.
Un día surgió entre ellos una grave cuestión, la cual mister Carey todavía la recordaba
una que otra vez con espanto. El candidato conservador había anunciado su intención
de pronunciar un discurso en Blackstable y Joshua Graves, después de haber organizado
la reunión en la sala de las Misiones, se acercó a mister Carey para pedirle que pronunciara
algunas palabras. Al parecer el candidato había ofrecido a Graves la presidencia de
la reunión. Esto era más de lo que el vicario podía soportar. Tenía una idea concreta
sobre el respeto que se debía al hábito. Era ridículo que un administrador de los
bienes parroquiales presidiera una reunión de la que formaba parte el vicario. Recordó
a Graves que pastor significaba conductor de la grey; el pastor era, por lo tanto, la
persona más importante de la parroquia. A esto respondió Graves que él era el primero
en reconocer la jerarquía de la Iglesia, pero que ahora se trataba de política, recordando
a su vez al pastor que Nuestro Señor había ordenado a sus discípulos dar al César lo
que es del César. El vicario contestó que hasta el demonio podía citar los pasajes
de la Sagrada Escritura en su favor, y que como la sala de las Misiones dependía de
él, y no le habían ofrecido la presidencia, él retiraría el permiso para que se celebrara
en ella una reunión pública. —Haga lo que le parezca —respondió Graves—,
pero creo que la reunión podría celebrarse muy bien en la capilla wesleyana.
Al oír aquello, el vicario replicó que si Graves ponía los pies en lo que era poco
menos que un templo pagano no podría ser al mismo tiempo administrador de los bienes
de una iglesia cristiana. Graves respondió dimitiendo en el acto y la misma noche mandó
a buscar su sotana y su sobrepelliz. Su hermana, que vivía con él y se cuidaba de la casa,
dimitió a su vez del cargo de secretaria de la Obra Maternal, institución que distribuía,
entre las mujeres pobres y en estado interesante, trajes de lana, una canastilla, carbón y
cinco chelines. Mister Carey se sintió feliz al verse al fin dueño de su casa. Pero poco
después se vio obligado a hacer frente a una multitud de asuntos que no estaba acostumbrado
a afrontar. Joshua Graves, por su parte, pasado el primer momento, lamentó haber renunciado
a lo único que le interesaba en la vida. Mistress Carey y miss Graves, desoladas por
aquel rompimiento, efectuaron un discreto cambio de cartas y decidieron arreglar la
cosa: de la noche a la mañana la una habló al marido y la otra al hermano, intentando
persuadir a aquellos hombres para que hicieran lo que los dos deseaban en el fondo de su
corazón; después de tres semanas de ansiedad, se logró la reconciliación. Los dos obraban
impulsados por el propio interés, pero atribuyeron su gesto al amor que sentían por el Redentor.
La reunión se celebró en la sala de Misiones, siendo presidida por el doctor. El reverendo
mister Carey y Joshua Graves pronunciaron sendos discursos.
Después de haber transmitido el mensaje al banquero, mistress Carey cambió dos palabras
con la hermana, y mientras las señoras hablaban de los asuntos de la parroquia, del curato
o del nuevo sombrero de mistress Wilson —mister Wilson, el hombre más rico de Blackstable,
que disfrutaba lo menos de quinientas libras de renta, se había casado con su criada—,
Philip, juicioso como un hombrecito, permanecía en el severo saloncillo que era utilizado
solamente para recibir a los visitantes, contemplando las continuas evoluciones de unos peces de
color rojo que había en una pecera. Las ventanas no se abrían nunca, excepto algunos minutos
por la mañana, con objeto de airear la habitación, la cual conservaba un olor a vivienda cerrada
que a Philip le parecía como si tuviese una misteriosa relación con el banco.
Más tarde mistress Carey manifestaba que debían ir a la tienda de comestibles. A menudo,
después de terminar la compra, descendían hasta una pequeña playa recorriendo una callejuela
solitaria habitada por pescadores. (Algunos pescadores se sentaban ante la puerta de su
casa para remendar una red, o bien la tendían al sol para que se secara). Vivían casi todos
en casas de madera. A derecha e izquierda se alzaban algunos depósitos de mercancías
que limitaban la vista, pero enfrente se veía el mar. Mistress Carey lo contemplaba durante
varios minutos. Estaba agitada y padecía de su color amarillento. ¿Qué pensamientos
cruzarían por su imaginación? Mientras tanto, Philip buscaba piedras planas para jugar.
Más tarde retrocedían lentamente. En la administración de Correos miraban la hora
exacta, cambiando un saludo con mistress Wigram, que cosía sentada cerca de la ventana, y
poco después entraban en su casa. Se almorzaba a la una. Los lunes, martes y
miércoles se comía carne de vaca asada, triturada y hecha albóndigas; los jueves,
viernes y sábados aparecía en la mesa el carnero, y los domingos un pollo procedente
de su gallinero. Por la tarde, Philip estudiaba sus lecciones. El latín y la aritmética
se los enseñaba su tío, el cual ignoraba tanto el uno como la otra. La tía le daba
lecciones de francés y de piano. Del francés sabía bien poco, pero tocaba el piano bastante
bien, lo suficiente para poder acompañarse antiguas canciones que cantaba desde hacía
treinta años. Tío William solía decir a Philip que cuando él era cura su mujer se
sabía de memoria doce romanzas que podía cantar sin vacilar cuando él se lo pedía.
También cantaba alguna vez cuando recibían a alguien en el vicariato. Las personas que
los Carey invitaban no eran muchas y siempre eran las mismas: el cura, Joshua Graves y
su hermana, el médico y su mujer. Después del té, miss Graves tocaba una o dos Romanzas
sin palabras de Mendelssóhn y mistress Carey Cuando vuelvan las golondrinas y Trota trota
caballito. Pero tales reuniones no eran frecuentes. Los
preparativos les daban trabajo y, cuando los invitados se marchaban, quedaban extenuados.
Preferían tomar el té solos y una vez terminado poníanse a jugar al tric-trac. Mistress Carey
procuraba que su marido ganase. Sabía que no le gustaba perder. A las ocho tomaban una
cena fría, porque Marian no quería cocinar después del té. La señora ayudaba a levantar
la mesa. Mistress Carey solía contentarse con pan y mantequilla y un poco de fruta cocida,
pero al vicario se le servía una rodaja de carne fría. Inmediatamente después de la
cena, mistress Carey tocaba la campanilla para la plegaria y, a continuación, Philip
se marchaba a la cama. Se mostraba rebelde cada vez que Marian quería desnudarle, hasta
que en pocos días adquirió el derecho de vestirse y desnudarse solo. A las nueve, Marian
llevaba al comedor la plata y los huevos puestos durante el día. Mistress Carey ponía la
fecha en cada huevo y anotaba el número en un cuadernito, luego cogía bajo el brazo
el cesto de la plata y subía al piso de arriba. Mister Carey continuaba leyendo uno de sus
viejos libros, pero al dar las diez se levantaba, apagaba la luz y subía a su alcoba a reunirse
con su mujer. Cuando llegó Philip hubo cierta dificultad
en decidir qué noche debía bañarse el niño. No era fácil tener mucha agua caliente porque
el calentador no funcionaba bien y era imposible preparar dos baños en un día. El único
que tenía cuarto de baño en Blackstable era mister Wilson y se decía que aquel lujo
era una ostentación. Marian se bañaba en la cocina el lunes por la noche. Le gustaba
empezar limpia la semana. Tío William no se podía bañar el sábado porque el domingo
era un día de mucho trajín y el baño le cansaba siempre un poco. Por lo tanto, bañábase
el viernes. Por idéntica razón su mujer se bañaba el jueves. Parecía natural que
el sábado fuera el día más a propósito para Philip, pero Marian protestó diciendo
que no podía tener el fuego encendido el sábado por la noche. Además, con todo lo
que tenía que cocinar el domingo, aparte de los platos de dulce y Dios sabe qué otras
cosas, no podía bañar al niño y se dijo que bien podría bañarse él mismo. La idea
de meter en el baño a un niño intimidaba a mistress Carey. En cuanto al vicario, tenía
que pensar en su sermón. Era necesario, sin embargo, que Philip estuviera limpio el domingo.
Marian amenazó con marcharse. Hacía dieciocho años que vivía convencida de que nunca le
sería aumentado el trabajo. ¡Debían tener un poco de consideración con ella! Pero Philip
aseguró que no tenía necesidad de nadie y que se bañaría solo. Así lo iban a resolver.
No obstante, Marian afirmó que el niño no se bañaría bien y antes de dejar que anduviese
sucio —no porque fuera a entrar en la casa del Señor, sino porque detestaba a los niños
sucios— se resignó a aquel trabajo extraordinario, que había de realizar el sábado por la noche.
7. El domingo era un día de emociones. Mister
Carey solía decir que era el único hombre de la parroquia que trabajaba los siete días
de la semana. Por lo general, levantábanse todos en la
casa a primera hora. Le era imposible a un pobre pastor permanecer en el lecho el día
que los otros descansaban —decíase mistress Carey cuando Marian llamaba puntualmente a
las ocho a su puerta—. Mistress Carey empleaba más tiempo que de costumbre en vestirse.
A las nueve, pocos minutos antes que su marido, bajaba a desayunarse ligeramente agitada.
Los zapatos del pastor estaban colocados ante el fuego para que se calentaran. La plegaria
era más larga que de ordinario y el desayuno estaba más sustancioso. Después del desayuno
el vicario cortaba sutiles rebanadas de pan para la comunión y Philip gozaba del privilegio
de poderse comer la corteza. A continuación el niño se dirigía al despacho en busca
de un gran pisapapeles de mármol, con el cual el vicario comprimía el pan hasta dejarlo
casi transparente. Hecho esto lo cortaba en cuadritos. La cantidad era calculada según
el tiempo que hacía. Si llovía mucho era poca la gente que iba a la iglesia, y si el
día era bello de veras muy pocos permanecían en ella hasta la comunión. La iglesia se
llenaba cuando el tiempo era lo bastante bueno para que resultase agradable dar un paseo,
pero no lo bastante para permanecer todo el tiempo al aire libre.
Mistress Carey se dirigía a la caja fuerte que había delante de la cocina, en busca
del cáliz de la comunión que el vicario limpiaba con una piel de gamuza. A las diez
llegaba el coche de alquiler y entonces mister Carey se ponía los zapatos. Mistress Carey
empleaba algunos minutos en ponerse el sombrero, y durante este tiempo, el pastor, envuelto
en un grueso abrigo, la esperaba en el vestíbulo con la expresión de un mártir cristiano
pronto a ser conducido al circo. ¡Después de treinta años, su mujer no se había acostumbrado
todavía a estar arreglada a tiempo el domingo por la mañana! Por fin llegaba mistress Carey
vestida de raso negro. El vicario opinaba que la mujer de un miembro del clero no podía
lucir vestidos de colores chillones, y para el domingo le imponía el negro. De vez en
cuando mistress Carey, con la complicidad de miss Graves, se arriesgaba a ponerse en
el sombrero una pluma blanca o una flor de color de rosa, pero el reverendo la obligaba
a quitarse el adorno diciendo que no podía conducir a la iglesia a una mujer que llamase
la atención. Mistress Carey suspiraba como mujer, pero suspiraba como esposa. En el momento
de subir al coche, el vicario recordaba que no le habían dado el huevo. ¡Demasiado sabían
que lo necesitaba para aclararse la voz! ¡Había dos mujeres en la casa y ninguna de las dos
tenía consideración con él! Mistress Carey reñía a Marian y Marian se defendía diciendo
que no podía pensar en todo. La criada corría luego a buscar un huevo, mistress Carey lo
batía en una copa de jerez, y el pastor se lo bebía de un sorbo. Después colocaban
el cáliz de la comunión en el carruaje y partían.
El carruaje venía del León Rojo y olía a paja podrida. Era preciso mantener cerradas
las dos ventanillas para que el vicario no se resfriara. El secretario estaba bajo el
pórtico de la iglesia para hacerse cargo del cáliz, y mientras el vicario entraba
en la sacristía, su mujer y Philip se instalaban en el banco reservado para ellos. Mistress
Carey tenía buen cuidado de poner en su monedero una moneda de seis peniques, que era lo que
acostumbraba dar en la cuestación, y entregaba a Philip una de tres peniques con el mismo
fin. La iglesia se iba llenando poco a poco y el oficio empezaba.
Philip se aburría durante el sermón, pero si se agitaba inquieto, la tía le ponía
una mano en el brazo y le miraba con reproche. El niño sentía que su interés se despertaba
cuando se cantaba el himno final y mister Graves daba una vuelta con la bandeja.
Cuando todos se habían marchado ya, mistress Carey se acercaba al banco de miss Graves
para cambiar algunas palabras con ella mientras esperaban a mister Carey y a mister Graves,
y Philip entraba en la sacristía. Su tío, el cura y Graves llevaban todavía el sobrepelliz.
Mister Carey daba al niño, para que se lo comiera, todo el pan bendito que había sobrado.
A veces se lo comía él mismo, pues le parecía impío tirarlo, pero el juvenil apetito de
Philip le privaba las más de las veces de tal deber. Después contaban el dinero. Había
monedas de un penique, de tres y de seis, y entre ellas descollaban dos chelines: el
uno lo ponía el vicario y el otro mister Graves. A veces aparecía una corona, y entonces
mister Carey ponía toda su atención en enterarse de quién la había dado; desde luego se trataba
de un extranjero. El vicario no caía en quién podía ser, pero miss Graves, que había prestado
atención, explicaba a mistress Carey que se trataba de un señor de Londres, casado
y con hijos. Cuando volvía a casa, mistress Carey explicaba la cosa a su marido y éste
se hacía el propósito de pedir a aquel hombre generoso un óbolo para la Sociedad de Previsión
Pastoral. Otras veces el vicario le preguntaba si Philip se había comportado bien o su esposa
le contaba que mistress Wigram tenía un manto nuevo, que mister Cox no había ido a la iglesia
o que parecía que miss Philips estaba prometida. De vuelta al vicariato, todos experimentaban
la sensación de que merecían una buena comida. Después de ésta, mistress Carey se retiraba
a sus habitaciones a descansar y su marido se echaba en el diván del salón para dormir
una siestecita de tres cuartos de hora. A las cinco tomaban el té y el vicario se
bebía un nuevo huevo a fin de adquirir fuerzas para el servicio de la tarde. Su mujer no
asistía nunca al servicio de la tarde, con objeto de que Marian pudiera asistir, pero
leía en casa las plegarias y cantaba los himnos. Por la noche mister Carey se trasladaba
a la iglesia a pie y Philip trotaba a su lado cojeando. Aquel paseo a lo largo del camino,
atravesando campos en la oscuridad, producía una gran impresión al niño, y la iglesia
iluminada a la que se iban acercando poco a poco le parecía muy acogedora. Al principio
mostraba una gran timidez ante su tío, pero luego se fue acostumbrando a él y colocaba
confiadamente su manita en la del pastor, caminando con mayor facilidad bajo su protección.
A la vuelta cenaban. Junto al fuego, sobre un taburete, estaban las zapatillas del tío
y las del niño. Una de las de éste era una normal zapatilla de niño, pero la otra se
hallaba deformada completamente. Philip se encontraba tan cansado cuando subía a acostarse
que no oponía resistencia a que Marian le desnudara. La mujer le daba un beso y le arreglaba
el embozo. El niño empezaba a quererla. 8.
Philip había hecho siempre la vida de hijo único, y de ahí que su soledad en el vicariato
no le pareciera mayor que la de los tiempos en que vivía con su madre. Entabló amistad
con Marian. Era una mujercita de treinta y cinco años, hija de un pescador, que entró
en el vicariato a los dieciocho años. Se trataba, pues, de la primera casa en que había
servido y no tenía intención de dejarla, pero amenazaba a menudo a su amo con un posible
matrimonio, cosa que a mister Carey no le habría hecho maldita la gracia. Los padres
de Marian vivían en una pequeña casa de Harbour Street, adonde la muchacha iba a pasar
las tardes libres. Las historias de mar que contaba despertaban la fantasía de Philip,
y las callejuelas cercanas al puerto comenzaron a verse rodeadas de un halo novelesco en la
imaginación del muchacho. Una tarde el niño habló de acompañar a Marian, pero la tía
no quiso que lo hiciera, temerosa de que se le pegara alguna enfermedad. El tío, a su
vez, declaró que la compañía de personas vulgares era nociva a la buena educación.
El vicario detestaba a los pescadores, gente basta y grosera que frecuentaba «la capilla».
Pero Philip prefería la cocina al comedor y siempre que le era posible llevaba sus juguetes
allí para distraerse. Esto no disgustaba a la tía. Era una mujer que odiaba el desorden,
y como reconocía que éste era excusable en un niño, prefería que fuese en la cocina
donde todo anduviese patas arriba. Cuando Philip hacía demasiado ruido, su tío se
impacientaba y hablaba de enviarlo al colegio. Mistress Carey pensaba que Philip era todavía
demasiado joven; su corazón se había aficionado a aquel hijo sin madre, pero sus inhábiles
tentativas para conquistar el corazón del niño intimidaban a éste, que acogía aquellas
demostraciones de cariño de manera tan huraña que llegaban a mortificarla. Algunas veces
brotaba de la cocina una aguda risotada, pero en cuanto la tía ponía sus pies en ella,
Philip dejaba de reír de pronto, ruborizándose cuando Marian explicaba el motivo de su alegría.
Mistress Carey no veía nada cómico en aquello y sonreía haciendo un esfuerzo.
—Parece más feliz con Marian que con nosotros —decía a su marido volviendo a su labor
de costura. —Eso prueba que ha sido muy mal educado
—replicaba el pastor—. Es necesario que se le guíe con mano firme.
El segundo domingo después de la llegada de Philip sobrevino un incidente desagradable.
Terminado el almuerzo, mister Carey se retiró al salón para dormir la acostumbrada siesta,
pero se sentía inquieto y no lograba dormirse. Aquella mañana Joshua Graves había hecho
algunas objeciones a ciertos candelabros con que el pastor había adornado el altar. Los
había comprado de segunda mano en Tercanbury y le parecía que producían un efecto discreto;
pero Graves había dicho que parecían pertenecer a una iglesia católica. Era una crítica
que irritaba mucho al pastor, el cual se encontraba en Oxford durante el movimiento que terminó
con la separación de Edward Manning de la Iglesia luterana, y sentía cierta simpatía
por la Iglesia romana. No le hubiera disgustado poder hacer un poco más pomposo el servicio
de la austera parroquia de Blackstable, y en el fondo de su corazón aspiraba a las
procesiones con sus cirios. Pero se contentaba con el incienso. Aborrecía la palabra protestante
y se calificaba a sí mismo como católico. Solía decir que los papistas merecían el
epíteto de romanos, pero que la Iglesia de Inglaterra era, según él, católica en la
más compleja, más pura y más noble aceptación de la palabra. A veces pensaba que su rostro
rasurado le daba la apariencia de un cura católico y eso le gustaba; en su juventud
poseía, además, un aire ascético que confirmaba tal impresión. A menudo contaba que durante
unas vacaciones que pasó en Boulogne —una de aquellas vacaciones en que por economía
no le acompañaba su mujer—, encontrándose en el interior de una iglesia católica, el
párroco le había invitado a que pronunciara un sermón. Licenciaba a sus curas cuando
se casaban, pues tenía opiniones muy concretas sobre el celibato del clero que no disfrutaba
de ningún beneficio. Sin embargo, cuando en el curso de una campaña electoral los
liberales pusieron en la cancela de su jardín un cartel que decía: «Camino de Roma»,
sintióse dominado por una violenta cólera y amenazó con denunciar al jefe del partido.
Estaba firmemente decidido, dijera lo que dijera Joshua Graves, a no quitar los candelabros
del altar, y se limitó a decir dos veces, con voz irritada: «Bismarck».
De pronto oyó un ruido. Quitóse de la cara el pañuelo que lo cubría, se levantó del
diván y se acercó al comedor. Philip estaba sentado junto a la mesa y a su alrededor tenía
su caja de construcciones. Había construido un enorme castillo, pero un defecto que tenía
en los cimientos hizo que el castillo se viniera abajo ruidosamente.
— ¿Qué estás haciendo, Philip? Sabes perfectamente que el domingo está prohibido
jugar. Philip le miró un momento asustado y siguiendo
su habitual costumbre enrojeció violentamente. —En casa jugaba siempre —respondió.
—Estoy seguro de que tu querida mamá no te permitió nunca cometer un pecado semejante.
Philip ignoraba lo que era un pecado, pero no quería que nadie imaginara que su madre
había permitido que lo cometiera. Bajó la cabeza sin decir nada.
— ¿No sabes que es muy malo jugar el domingo? ¿Por qué crees que es llamado «día de
descanso»? Esta tarde tienes que ir a la iglesia; ¿cómo puedes presentarte ante tu
Creador después de haber desobedecido una de sus leyes?
A continuación le ordenó que guardara sus juguetes y empezó a reñirle mientras el
niño cumplía la orden. —Eres un niño muy travieso —dijo—.
Piensa en el disgusto que le das a tu pobre mamá que se encuentra en el cielo.
Philip tenía ganas de llorar, pero dejar ver sus lágrimas a los demás le producía
un instintivo horror. Apretó los dientes para contener los sollozos. Mister Carey se
sentó en el sillón y se puso a hojear un libro. Philip se acercó a la ventana. El
vicariato estaba situado en la carretera que conducía a Tercanbury, un poco apartado del
camino. Desde la ventana del comedor se veía un prado semicircular y a continuación una
larga franja de campo verde donde pastaban las ovejas. El cielo era gris y bajo. Philip
se sintió extraordinariamente desgraciado. Marian entró para preparar el té y tía
Louisa bajó la escalera. — ¿Has dormido bien, William?
—No, Philip ha hecho tal ruido que no he podido cerrar un ojo.
En realidad, lo que le había tenido desvelado eran sus preocupaciones, y Philip pensó que
sólo había hecho ruido una vez y que el tío podía haber dormido antes o después.
Cuando mistress Carey pidió una explicación, el vicario relató el hecho.
— ¿No te había dicho yo que estaba muy mal educado? —dijo al final—. Ni siquiera
ha dicho que estuviera arrepentido. — ¡Oh, Philip! Estoy segura de que estás
más que arrepentido —afirmó mistress Carey tratando de excusar al niño.
Philip no dijo una palabra y continuó masticando el pan con mantequilla.
Ignoraba qué fuerza interna le impedía pronunciar una palabra de excusa. Le zumbaban los oídos
y tenía ganas de llorar. —No aumentes tu culpa haciéndote el sordo
—dijo tío William. Acabaron de tomar el té en silencio. De cuando
en cuando mistress Carey miraba a escondidas a Philip. Pero el vicario no volvió a acordarse
más de él. Cuando el niño vio que su tío subía al piso de arriba para prepararse,
salió al vestíbulo para ponerse el sombrero y el abriguito. Mas al verle, el vicario le
dijo: —No quiero que aparezcas por la iglesia
esta tarde. Me parece que no estás en el estado de ánimo a propósito para entrar
en la casa de Dios. Philip no respondió. Experimentó una gran
humillación y su rostro se puso de color púrpura. Sin decir nada miró a su tío mientras
éste se ponía el amplio sombrero y el voluminoso abrigo. Mistress Carey, como siempre, lo acompañó
hasta la puerta. Luego se volvió hacia el niño.
—No te entristezcas, Philip. El domingo que viene serás bueno y el tío te llevará
con él. —Le cogió el sombrero y el abrigo y condujo al niño al comedor—. ¿Quieres
que leamos juntos las plegarias y luego cantemos los himnos acompañados al piano?
Philip negó enérgicamente con la cabeza. Mistress Carey se desconcertó.
— ¿Qué quieres hacer, entonces, hasta que vuelva tu tío?
Philip habló por fin. —Deseo que me dejen en paz.
— ¿Cómo se te ha ocurrido decir tal despropósito? ¿No sabes que tanto tu tío como yo no deseamos
más que tu bien? ¿No sientes afecto por mí?
— ¡Te odio! ¡Querría verte muerta! Mistress Carey se sobresaltó. El niño había
pronunciado aquella frase con tal ferocidad que se sintió impresionada. No supo qué
decirle. Sentada en la poltrona de su marido, pensó en su deseo de amar a aquel pobre tullido,
huérfano y solo, cuyo afecto deseaba conquistar. No había tenido hijos y, a pesar de la evidente
voluntad de Dios de que no los tuviera, su corazón se le encogía al ver los hijos de
las demás mujeres. Las lágrimas asomaron a sus ojos y una a una le resbalaron por las
mejillas. Philip la miró asombrado. La tía sacó su pañuelo y lloró a lágrima viva.
Inesperadamente el muchacho comprendió que la había hecho llorar y experimentó un fuerte
dolor. Acercóse a ella y le dio un beso. Era la primera vez que le daba un beso no
impuesto. Y la infeliz mujer, tan pequeña dentro de su vestido de raso negro, con el
rostro lleno de arrugas, lo rodeó con los brazos y lloró como si se le despedazase
el corazón. Pero sus lágrimas eran, en parte, lágrimas de alegría, pues comprendía que
el hielo se había roto entre los dos. Quería a Philip, además, con un amor nuevo porque
la había hecho sufrir. 9.
El domingo siguiente, mientras el vicario se disponía a entrar en el salón para dormir
la siesta —todos sus actos los realizaba con mucha solemnidad— y mistress Carey se
disponía a subir a su cuarto, Philip dijo: — ¿Qué debo hacer si no puedo jugar?
— ¿No puedes permanecer tranquilamente sentado por una sola vez?
—No puedo permanecer quieto hasta la hora del té.
Mister Carey miró por la ventana. El tiempo era demasiado húmedo y frío para proponerle
a Philip que saliera a jugar al jardín. — ¿Sabes lo que puedes hacer? Aprenderte
de memoria la plegaria del día. Cogió el libro de las plegarias, que estaba
sobre el armonio y lo hojeó hasta que encontró la página buscada.
—No es larga. Si me la recitas de memoria, sin equivocarte, cuando vengas a tomar el
té te daré una parte de mi huevo. Mistress Carey acercó a la mesa la silla
de Philip —le habían comprado una silla— y le colocó delante el libro.
—El demonio encuentra siempre terreno abonado en las manos que permanecen ociosas —observó
el reverendo. Echó un poco de carbón a la estufa para
encontrar buena temperatura en el comedor cuando volviera y se dirigió al salón. Se
desabrochó el cuello, arregló los cojines y se sentó cómodamente en el diván. Pero
pensando que en el salón había un poco de humedad fue al vestíbulo en busca de una
manta y se la colocó sobre las piernas envolviéndose los pies. Bajó la persiana para que la luz
no le diera en los ojos, aunque el marido había cerrado ya los suyos, y salió de puntillas.
Aquel día el vicario sentíase en paz consigo mismo, por lo que diez minutos después dormía,
roncando dulcemente. Era el sexto domingo después de la Epifanía
y la plegaria empezaba así: « ¡Oh, Dios, cuyo Hijo Bendito se ha manifestado para destruir
la obra del demonio y hacer de nosotros tus hijos y los herederos de la vida eterna!».
Philip la leyó. No acertó a comprender el sentido. Empezó a recitar las palabras en
voz alta, pero muchas de ellas le eran desconocidas y la construcción de la frase le desorientaba.
Le fue imposible meterse en la cabeza más de dos líneas; además, estaba continuamente
distraído. Había árboles frutales en el jardín, a lo largo del muro del vicariato,
y de vez en cuando una larga rama venía a chocar contra los cristales de la ventana;
los corderos miraban con ojos estúpidos cuanto tenían a su alrededor, en el campo, más
allá del jardín. Parecía como si su cerebro se hubiera helado. Pero como tenía miedo
de no saberse la plegaria a la hora del té empezó a recitarla velozmente, sin intentar
comprenderla y repitiéndola como un papagayo. Mistress Carey no tenía sueño aquella tarde,
y a las cuatro, en vista de que no conseguía dormir, bajó al comedor con la idea de hacer
recitar la plegaria a Philip para que éste pudiera repetirla delante del tío sin equivocarse.
De esta forma mister Carey se mostraría satisfecho y se daría cuenta de que el niño no carecía
de corazón. A punto de entrar en el comedor oyó un ruido que la inmovilizó. El corazón
le dio un vuelco. Salió silenciosamente de la casa, dio la vuelta al edificio y llegó
hasta la ventana del comedor, lanzando una mirada a su interior, sin dejarse ver. Philip
continuaba sentado aún donde ella lo había dejado, pero tenía la cabeza entre los brazos,
apoyados en la mesa, y sollozaba desesperadamente. Mistress Carey vio el movimiento convulsivo
de sus hombros y se asustó. La frialdad del niño —nunca le había visto llorar— la
había sorprendido siempre. Pensaba, desde luego, que aquella calma no era sino un instintivo
pudor de sus sentimientos: Philip lloraba a escondidas.
Olvidando que su marido aborrecía que le despertaran bruscamente, se precipitó en
el salón. — ¡William, William! El niño llora desconsoladamente.
Mister Carey se incorporó, quitándose la manta que tenía entre las piernas.
— ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —No lo sé. ¡Oh, William! No podemos hacer
sufrir a esta criatura. ¿Quién sabe si no está llorando por nuestra culpa? Si hubiéramos
tenido niños sabríamos cómo tratarlos. Mister Carey la miró perplejo y desorientado.
—No puede ser que llore porque le he mandado que se aprenda la plegaria. Serán unas diez
líneas. — ¿No crees que debería llevarle libros
ilustrados para que los hojee? Habrían de ser sobre Tierra Santa. Me parece que no hay
nada malo en eso, ¿verdad? —Perfectamente. Haz como quieras.
Mistress Carey entró en el despacho de su marido. La única pasión de mister Carey
era la de coleccionar libros. Cada vez que iba a Tercanbury solía pasar bastantes horas
en un establecimiento de libros de lance y regresaba a casa con cuatro o cinco libros
desencuadernados y viejos. No los leía nunca, pues había perdido el hábito de la lectura,
pero le gustaba hojearlos, mirar las ilustraciones cuando las había y poner orden en las hojas.
Cuando llovía, sentíase contento porque podía permanecer en casa sin que la conciencia
le remordiese y pasarse la hora de la siesta remendando la piel de Rusia de un viejo tomo
con ayuda de un tarro de cola y una clara de huevo. En su variada biblioteca había
muchos libros de viajes con grabados al acero y mistress Carey no tardó en encontrar dos
que describían a Palestina. Tosió antes de entrar a fin de darle tiempo a Philip que
se rehiciera. Intuía que el niño iba a sentirse humillado si le sorprendía llorando. Dio
la vuelta al pestillo haciendo ruido. Encontró a Philip inclinado sobre su libro de plegarias,
tapándose los ojos con la mano para que no viera que había llorado.
— ¿Te has aprendido la plegaria? Philip no respondió al pronto. Tenía miedo
de que su voz le temblara. Su tía se sintió extrañamente molesta.
—No consigo metérmela en la cabeza —afirmó al cabo el muchacho, respirando con dificultad.
— ¡Bah! No importa. Déjala ya. Te he traído libros ilustrados para que los veas. Ven a
sentarte en mis rodillas. Los miraremos juntos. Philip bajó de la silla alta y se acercó
a ella cojeando, con los ojos bajos. La tía lo abrazó.
—Mira —le dijo—, aquí es donde nació Nuestro Señor.
Le mostró una ciudad oriental con los tejados de pizarra, con cúpulas y minaretes. En primer
término veíase un grupo de palmeras bajo las cuales reposaban dos árabes con sus camellos.
Philip pasó su mano por la ilustración, como si quisiera tocar las casas y los trajes
flotantes de los nómadas. —Lee lo que hay escrito —pidió a su tía.
Mistress Carey leyó con su tranquila voz la página siguiente. Era una romántica narración
de un viaje realizado a principios de siglo. Un poco enfática, desde luego, pero que tenía
toda la fragancia emotiva que el Oriente había despertado en la generación siguiente a Byron
y a Chateaubriand. Un minuto o dos más tarde el muchacho la interrumpió.
—Quisiera ver otra ilustración. Cuando Marian entró y mistress Carey se puso
en pie para ayudarla a preparar el té, Philip cogió el volumen y empezó a hojearlo, mirando
ávidamente las otras ilustraciones. A su tía le fue difícil convencerle de que dejara
el libro y fuese a tomar el té. El niño había olvidado el esfuerzo desesperado que
había hecho para aprender la plegaria. Ya no se acordaba de sus lágrimas. Al día siguiente,
como llovía, el niño pidió nuevamente el libro. Mistress Carey se lo dio complacida.
Hablando con su marido del porvenir del sobrino, había podido comprobar que, lo mismo que
ella, la intención de su esposo era dedicarlo al servicio de Dios, y el interés que demostraba
el niño por el libro que describía el lugar consagrado por la presencia de Dios parecía
un buen presagio. Al parecer, la imaginación del muchacho se inclinaba hacia las cosas
sagradas. Pero un par de días después el niño pidió otro libro. El reverendo lo condujo
a su despacho y le mostró el anaquel donde tenía los libros ilustrados, eligiendo para
él uno sobre Roma. Philip lo cogió con avidez. Las ilustraciones le enseñaron una nueva
diversión: leía la página anterior y la posterior a la lámina, en busca del argumento
de ésta, y muy pronto perdió su interés por los juguetes.
A partir de entonces fue solo a buscar los libros. Y ya fuera porque su primera impresión
se la había producido una ciudad de Oriente o bien por otro motivo, el caso es que prefería
los que hablaban de Levante. Su corazón latía con gran fuerza a la vista de las mezquitas
y de los palacios suntuosos. En un libro sobre Constantinopla un grabado le llamó la atención
de una manera especial. Representaba una gruta llamada «La sala de las mil columnas», a
la que la imaginación popular prestaba una aureola fantástica. La leyenda que leyó
le explicó que en la entrada había siempre un barco con el fin de tentar a los imprudentes,
pero ninguno de los viajeros que se habían aventurado en la oscuridad había regresado.
Y Philip se preguntaba si la barca continuaba su viaje a través de los canales flanqueados
de columnas, o bien si fondeaba ante un extraño edificio.
Un día tuvo la suerte de poner la mano sobre una traducción de Las mil y una noches. Lo
que primero le llamó la atención fueron los dibujos. Más tarde empezó a leer los
cuentos que hablaban de magia, y después todos los demás, releyendo muchas veces los
que más le gustaban. No pensaba en ningún otro libro. Se olvidaba de la vida que transcurría
en torno. Era necesario llamarle dos o tres veces para que fuese a comer. Insensiblemente
se formó en él el más exquisito hábito humano: el hábito de la lectura. Ignoraba
que con ello se creaba un refugio contra todos los dolores de la vida; mas no sabía, sin
embargo, que creaba para su uso un mundo ficticio, que alguna vez chocaría con el mundo real,
produciéndose una amarga desilusión. A continuación leyó otras cosas. Era de una inteligencia
precoz. Sus tíos, al verle tan aplicado y tranquilo, empezaron a preocuparse de él.
Mister Carey poseía tal cantidad de libros, que ignoraba cuáles eran. Leía poco y no
recordaba después las adquisiciones, a veces debidas a lo módico del precio. Junto a sermones
y homilías, libros de viajes, historias de la Iglesia, vidas de santos, había novelas.
Philip acabó por descubrirlas. Las elegías orientándose por los títulos. La primera
que leyó fue Las bujías de Lancashire, luego El admirable Crickton, y muchas más. Cuando
empezaba un relato en que dos viajeros solitarios recorrían a caballo el borde de un precipicio,
parecía como si él fuera el protagonista de aquel hecho.
Llegó el verano, y el jardinero, un viejo marino, tejió para el niño una hamaca que
colgó de las ramas de un sauce llorón. Durante horas y horas, Philip permanecía tendido
en la hamaca, oculto a los que pudieran venir al vicariato, leyendo, leyendo apasionadamente.
Pasó el tiempo. Vino julio, y a continuación agosto. El domingo la iglesia se llenaba de
forasteros y, a menudo, la cuestación subía hasta dos libras esterlinas. Ni el vicario
ni su mujer salían mucho al jardín en aquel período. No querían ver caras nuevas y miraban
con cierta antipatía a todos los que venían de Londres a veranear al pueblo. La casa de
enfrente fue alquilada por un período de seis semanas por un señor con dos niños,
el cual mandó a preguntar si Philip quería jugar con los dos muchachos. Pero mistress
Carey respondió rechazando cortésmente la invitación. Temía que el contacto con los
niños londinenses pudiera corromper a Philip. Iba a ser un clergyman y era necesario preservarlo
de toda posible contaminación. Le gustaba considerarlo como un pequeño Samuel.
10. Los Carey decidieron que Philip ingresara
en la King’s School de Tercanbury, donde todo el clero de los contornos enviaba a sus
hijos. Una larga tradición unía aquel colegio a la catedral: su director era canónigo honorario
y uno de sus predecesores había llegado a ser archidiácono. Se procuraba inculcar en
los niños la afición hacia las órdenes sagradas y la educación era la más apropiada
para que se pasara la vida al servicio de Dios. Había adjunta una escuela preparatoria.
Se decidió, pues, que Philip ingresara en ésta. Mister Carey lo condujo a Tercanbury
la tarde de un jueves, hacia fines de setiembre. Philip estuvo todo el día un poco excitado
y también algo abatido. A excepción de lo que había leído en Diario de un niño y
en Henry o poquito a poco, conocía muy poco la vida de colegio.
Cuando en Tercanbury bajó del tren, el muchacho sintió cierta angustia y en el carruaje que
los condujo a través de la ciudad permaneció pálido y silencioso. El alto muro de ladrillo
que circundaba el colegio ofrecía el aspecto de una prisión. Una puertecita practicada
en el muro se abrió a campanillazos de los recién llegados y salió a recibirlos un
criado gordo y chato que se hizo cargo inmediatamente de la maleta de Philip y de su caja de juguetes.
Fueron introducidos en un salón lleno de muebles pesados y vulgares; las sillas, alineadas
a lo largo de la pared, daban a la habitación un aire especialmente severo. Aguardaban al
director. — ¿Cómo es mister Watson? —preguntó
el niño. —Lo verás con tus propios ojos —contestó
el tío. Siguió otra pausa. Mister Carey se extrañó
que el director no hubiera aparecido todavía. Philip efectuó un nuevo esfuerzo para hablar.
—Dile que tengo un pie contrahecho. Antes de que el tío pudiera responder, la
puerta se abrió para dejar paso a mister Watson, el cual le pareció gigantesco a Philip.
Medía más de un metro ochenta, era de anchas espaldas, y tenía unas manos enormes y una
gran barba rubia. Hablaba en voz alta con aire jovial, pero aquella ruidosa alegría
hizo que el corazón de Philip se encogiera. El director estrechó la mano de mister Carey
y luego cogió la manita de Philip. —Y bien, jovencito, ¿estás contento de
venir al colegio? —gritó. Philip enrojeció y no encontró palabras
con que responder. — ¿Cuántos años tienes?
—Nueve. —Debes decir señor director —le corrigió
el tío. —Creo que tendrá que aprender mucho —afirmó
alegremente mister Watson. Para vencer la timidez de Philip empezó a
hacerle cosquillas con sus dedos. Intimidado más que nunca, el niño se estremeció al
sentir aquel contacto. —De momento lo he alojado en el dormitorio
pequeño. Estarás contento, ¿verdad? —preguntó volviéndose a Philip—. Seréis ocho. Así
te sentirás menos solo. Se abrió la puerta y entró mistress Watson.
Era una mujer morena, de pelo negro que se peinaba con una raya en medio. Tenía los
labios extrañamente gruesos y la nariz pequeña y redonda. Sus ojos eran grandes y negros,
dotados de una expresión singularmente fría. Hablaba poco y sonreía menos. El marido le
presentó a mister Carey y empujó a Philip cordialmente hacia ella.
—Es un nuevo alumno, Ellen. Se llama Carey. Sin responder una palabra, mistress Watson
estrechó la mano de Philip y se sentó mientras el director preguntaba a mister Carey a qué
grado había llegado la instrucción de su sobrino y en qué libros había estudiado.
El vicario de Blackstable, abrumado con aquella ruidosa cordialidad, se levantó poco después
para despedirse. —Será mejor que deje a Philip con usted.
—Perfectamente —respondió mister Watson—. Lo deja usted en buenas manos. Todo saldrá
a las mil maravillas. ¿No es verdad, jovencito? Sin esperar respuesta de Philip, el coloso
dejó escapar una ruidosa carcajada. Mister Carey besó en la frente a su sobrino, y acto
seguido se marchó. —Ven, amigo —tronó mister Watson—,
te enseñaré la sala de estudio. Salió del salón a pasos de gigante y Philip
le siguió cojeando lastimosamente. El muchacho fue conducido a una gran sala desnuda, atravesada
en toda su longitud por dos mesas flanqueadas por bancos de madera.
—No hay ahora ninguno —dijo el director—. Ahora te enseñaré el patio de recreo, querido.
Después te las arreglarás tú solo. Le hizo pasar y Philip se encontró en un
gran patio, tres de cuyos lados quedaban cerrados por los altos muros de ladrillo. El cuarto
lado era una gran verja de hierro, a través de la cual se alcanzaba a ver un gran prado
y algunos de los edificios del colegio. Un niño daba vueltas por el patio, aburrido
y arrastrando los pies por la arena. — ¡Oh! Mira a Venning —gritó mister
Watson—. ¿Cuándo has llegado? El muchacho avanzó y el director le estrechó
la mano. —He aquí a un alumno nuevo. Es más alto
y tiene más años que tú; por lo tanto, no lo molestes.
Dirigió una mirada amistosa a los dos niños, quienes le oían algo aterrados de su potente
voz, y los dejó lanzando una carcajada. — ¿Cómo te llamas?
—Carey. — ¿A qué se dedica tu padre?
—Murió. — ¡Oh! Y tu madre, ¿lava?
—Murió después de mi padre. Philip pensó que aquella respuesta confundiría
al preguntón, pero Venning no estaba dispuesto a renunciar con tan poco esfuerzo a su curiosidad.
—Y bien, ¿lavaba? —insistió. —Sí —respondió Philip indignado.
— ¿Entonces era una lavandera? —Nada de eso.
— ¿Entonces no lavaba? Se sentía muy satisfecho del éxito de su
dialéctica. De pronto descubrió la cojera de Philip.
— ¿Qué tienes en el pie? Philip intentó instintivamente esconder su
pie contrahecho tras su pie normal. —Tengo un pie deforme.
— ¿Desde cuándo lo tienes? —Lo he tenido siempre.
—Déjame verlo. —No.
— ¿Cómo que no? El niño rubricó esta frase dando un puntapié
en la tibia de Philip. Éste, que no se lo esperaba, no tuvo tiempo de apartarse. El
dolor fue tan agudo que le quitó la respiración. Pero su sorpresa fue todavía mayor que su
dolor. No tuvo la presencia de espíritu suficiente para responder con un puñetazo. Además,
el compañero era más pequeño que él y en el Diario de un niño Philip había aprendido
que es una bellaquería pegar a uno más pequeño. Mientras Philip se frotaba la dolorida pierna,
apareció un tercer niño y su atormentador le dejó en paz. Poco después pudo darse
cuenta de que hablaban de él y de que miraban su pie deforme. Experimentó una gran irritación
y se sintió muy desgraciado. Llegaron más niños; doce de una vez, y más
tarde otros. Todos hablaron de sus vacaciones, explicando dónde habían estado y describiendo
magníficos partidos de criquet. Vinieron también alumnos nuevos y Philip se unió
a éstos. Mostrábase tímido y nervioso. Hubiera querido hacerse simpático, pero no
encontraba nada que decir. Le preguntaron muchas cosas, pero él respondió a todo lacónicamente.
Un niño le preguntó si jugaba al criquet. —No, tengo un pie defectuoso.
El otro bajó los ojos y enrojeció. Philip notó que se sentía pesaroso por haberle
dirigido una pregunta importuna. Demasiado tímido para dar excusas, el nuevo compañero
miró a Philip lleno de confusión. 11.
A la mañana siguiente, cuando la campana despertó a Philip, éste miró estupefacto
en torno suyo. De pronto una voz le recordó dónde se encontraba.
— ¿Estás despierto, Singer? Las divisiones entre una cama y otra eran
de abeto barnizado, cerradas al pie de la cama por una cortina verde. En aquella época
no se preocupaban mucho de airear las habitaciones y las ventanas estaban siempre cerradas, excepto
un rato por la mañana, mientras se hacía la limpieza del dormitorio.
Philip, levantándose, se arrodilló para rezar la plegaria. La mañana era fría y
el niño sentíase estremecido, pero la tía le había dicho que su plegaria resultaría
más grata a Dios si la decía en camisa de noche, antes de vestirse. Esto no le causaba
sorpresa, pues empezaba a darse cuenta de que a Dios le gustaba que sus adoradores sufrieran
torturas físicas. A continuación se lavó. Había dos baños para cincuenta escolares;
cada niño se bañaba una vez a la semana. El aseo cotidiano se llevaba a cabo en una
pequeña jofaina colocada en un palanganero de hierro que había en cada departamento.
Los alumnos chillaban alegremente mientras se vestían. Philip los escuchaba con suma
atención. Luego sonó otra campana y los niños salieron al pasillo y se dirigieron
a la sala de estudios, donde se colocaron en sus bancos, a ambos lados de la larga mesa.
Mister Watson, seguido de su mujer y los criados, hizo su entrada y les mandó sentarse. El
director leyó luego la plegaria con su voz tenante, que parecía amenazar directamente
al niño. Philip escuchaba con ansiedad. Mister Watson leyó después un capítulo de la Biblia
y los criados se retiraron. Más tarde el criado chato llevó dos grandes teteras y,
en un segundo viaje, enormes rebanadas de pan untado con manteca.
Philip sentía poco apetito, y la densa capa de mantequilla, no fresca, le revolvía el
estómago, pero notó que los demás alumnos se la quitaban del pan y los imitó. Algunos
tenían mermelada y carne en conserva que habían llevado de su casa; otros comían
huevos o jamón, que mister Watson se hacía pagar aparte, quedándole bastante ganancia.
Cuando mister Watson preguntó a mister Carey si Philip había de recibir «extraordinarios»,
el reverendo respondió que no era bueno enviciar a los niños. El director adujo que le sobraba
razón y que no había nada mejor que el pan con manteca para los niños que crecen. Pero
algunos padres tenían la manía de mimar demasiado a sus hijos y deseaban que éstos
recibieran «extraordinarios». Philip notó que aquel trato especial iba
unido a una mayor consideración hacia los niños que lo disfrutaban y decidió escribir
a tía Louisa manifestándole su deseo de disfrutarlo a su vez.
Después del desayuno los pensionistas salieron al patio. Poco a poco fueron llegando los
externos. Eran hijos de los pastores locales, de los oficiales de la guarnición, de los
industriales y hombres de negocios que vivían en la vieja ciudad de Tercanbury. Sonó la
campana y los niños pasaron al aula. Ésta consistía en una espaciosa habitación, en
la extremidad de la cual dos auxiliares estaban encargados de la segunda y tercera sección.
En una pequeña habitación adyacente, mister Watson en persona se encargaba de la primera
sección. Estas tres clases preparatorias, anexas al colegio principal, eran llamadas
oficialmente secundario superior, secundaria media y secundaria preparatoria. Philip ingresó
en esta última. El maestro, un hombre de rostro coloreado y simpática voz, se llamaba
Rice. Sabía tratar a los niños, y en su compañía el tiempo pasaba rápidamente.
Cuando dio la una menos cuarto y sonó la campana que anunciaba diez minutos de recreo,
Philip se sorprendió porque estaba persuadido de que era más temprano.
Todos los escolares se precipitaron bulliciosamente en el patio. Los novatos fueron invitados
a ponerse en medio mientras los demás se alineaban a lo largo del muro. Una vez colocados
convenientemente, pusiéronse a jugar a una especie de «las cuatro esquinas». Los niños
corrían de una pared a la otra cambiando de sitio, mientras los nuevos trataban de
cogerlos. Cuando cogían a alguno, éste quedaba prisionero y, a su vez, intentaba coger a
los que todavía estaban libres, Philip se fijó en un chiquillo que corría ante él
e intentó agarrarle, pero su pie deforme le restaba agilidad. Los demás se dieron
cuenta y, acercándose, atravesaban siempre por el sitio en que Philip se encontraba.
Uno de ellos tuvo una idea luminosa: imitar su cojera. Los demás lo vieron y se echaron
a reír. Todos imitaron al primero y empezaron a correr alrededor de Philip cojeando grotescamente,
lanzando gritos agudos y riendo. El nuevo juego los excitó tanto que las risotadas
llegaron a ser clamorosas. Un niño dio un empujón a Philip, que cayó pesadamente,
hiriéndose en una rodilla. Cuando se puso en pie los otros se rieron todavía más.
Otro le dio un empujón por la espalda y se hubiera caído nuevamente si un compañero
no le hubiese sujetado. Se olvidaron del juego. Un muchacho intentó un nuevo modo de cojear
que sus compañeros encontraron extraordinariamente cómico. Algunos de ellos se echaron al suelo
para poderse reír a su gusto. Philip estaba asustado. No podía comprender por qué se
burlaban de él. El corazón le latía atropelladamente, hasta privarle de respiración. Nunca había
experimentado un terror semejante. Permaneció estúpidamente inmóvil mientras los demás
se movían a su alrededor remedándole y escarneciéndole. Le gritaban que los cogiera, pero él no se
movía. No quería que le vieran correr. Empleaba todas sus fuerzas en contener las lágrimas.
De pronto sonó la campana y todos entraron. La rodilla del niño sangraba; aparecía cubierto
de polvo y tenía el pelo revuelto. Durante algunos minutos mister Rice intentó calmar
a los escolares. La excitación que les había producido la extraña novedad aún los dominaba.
Y Philip observó que uno o dos de ellos miraban furtivamente su pie. Lo escondió debajo del
banco. Después del almuerzo salieron para jugar
un partido de fútbol, pero mister Watson detuvo a Philip.
—Creo que tú no puedes jugar, ¿verdad, Carey? —preguntó.
Philip se sintió enrojecer. —No, señor director.
—Perfectamente. Pero ¿podrás ir hasta allá?
Philip no tenía idea de dónde se encontraba el campo de juego, mas respondió:
—Sí, señor director. Los chiquillos salieron acompañados por mister
Rice, el cual, al ver que Philip no se había cambiado de vestido, le preguntó por qué
no jugaba. —Mister Watson me ha dicho que podía dejar
de hacerlo —respondió Philip. — ¿Por qué?
En su torno se habían agrupado los muchachos, que miraban con curiosidad. Philip, experimentando
una profunda vergüenza, bajó los ojos sin responder. Otro respondió por él.
—Tiene un pie deforme, señor maestro. — ¡Ah…! Comprendo.
El maestro era muy joven; hacía sólo un año que había conseguido el título. Se
sintió confuso de pronto. Su instinto le impulsaba a excusarse ante el niño, pero
era demasiado tímido para hacerlo. Haciéndose fuerte, y en tono brusco, dijo:
—Bien, muchachos, ¿qué esperáis? ¡Caminad! Algunos habían echado ya a andar y otros
se reunieron en grupos de dos o tres. —Harás mejor en venir conmigo, Carey —dijo
mister Rice—. No conoces el camino, ¿verdad? Philip adivinó la bondad del maestro y sintió
que un sollozo le subía a la garganta. —No puedo andar muy de prisa, señor maestro.
—Entonces yo andaré más despacio —dijo sonriendo mister Rice.
El corazón de Philip fue conquistado súbitamente por aquel jovenzuelo de rostro coloreado y
vulgar que le había dicho una palabra amable. En el acto se sintió menos infeliz.
Pero por la noche, mientras se desnudaba, el pensionista llamado Singer salió de su
departamento y se metió en el de Philip. —A ver, enséñame tu pie.
—No quiero —respondió Philip, y rápidamente se metió en la cama.
— ¡A mí no se me dice que no! Ven aquí. Mason.
El niño del departamento vecino estaba ya aguardando y en cuanto oyó su nombre apareció.
Lanzáronse sobre Philip e intentaron levantar la ropa de la cama, pero el muchacho la sujetaba
con fuerza. — ¿Por qué no me dejáis en paz?
Singer cogió un cepillo y con el dorso golpeó las manos de Philip cogidas al embozo. El
niño empezó a dar alaridos. — ¿Por qué no nos enseñas tu pie y te
dejas de historias? — ¡No quiero!
Desesperado, dio un puñetazo al muchacho que le atormentaba, pero se encontraba en
situación desventajosa. Singer le cogió el brazo y empezó a torcérselo.
— ¡No, no! —gritó Philip. —Entonces obedece y saca el pie.
Philip sollozó mientras Singer le retorcía el brazo. El dolor era insoportable.
— ¡Bien, te lo enseñaré! Sacó fuera el pie. Singer, con sus manos
todavía en las muñecas del niño, miró curioso la deformidad.
— ¡Qué horror! —dijo Mason. Entró otro muchacho y también miró el pie
deforme. — ¡Puaf! —exclamó con repugnancia.
—Es curioso de veras —dijo Singer haciendo una mueca—. ¿Está duro?
Lo tocó con precaución, como si fuera algo que tuviera vida propia. De pronto oyeron
los pesados pasos de mister Watson en la escalera. Cubrieron apresuradamente a Philip y huyeron
como conejos. El director entró en el dormitorio. Empinándose sobre la punta de los pies miraba
por encima del hierro que sostenía la cortina verde. Miró en dos o tres departamentos y
vio que los niños permanecían tranquilos en sus lechos. Apagó la lámpara y se fue.
Singer llamó a Philip, pero éste no respondió. Mordía la almohada para que no le oyeran
sollozar. No lloraba por el daño que le habían hecho en el brazo ni por la humillación sufrida
cuando le habían mirado el pie, sino de rabia contra sí mismo por no haber sido capaz de
soportar la tortura, mostrando el pie voluntariamente. En aquel momento se dio cuenta de la miseria
de su vida. A su imaginación le parecía que aquella infelicidad iba a durar eternamente.
Sin un motivo especial recordó la fría madrugada en que Emma le había sacado de su lecho para
llevarlo al de su madre. No había pensado hasta entonces en ello, pero en aquel momento
creía sentir el calor de su mamá y el apretón de sus brazos. De súbito le pareció que
todo lo sucedido no era más que un sueño: la muerte de su madre, la vida en el vicariato,
y aquellos dos horribles días en el colegio. Al día siguiente, cuando se despertara, se
encontraría de nuevo en su casa. Pensando en esto se le secaron las lágrimas. Era demasiado
infeliz; aquello no podía ser más que una pesadilla. Su mamá vivía aún y dentro de
poco vendría Emma a acostarlo. Se adormeció. Pero a la mañana siguiente le despertó el
sonido de la campana y lo primero que vieron sus ojos fue la cortina verde que cerraba
el departamento.

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